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Libros de culto contra películas de culto

La idea principal de toda adaptación cinematográfica de un libro de culto parece radicar en ordenar y simplificar su mensaje

  • Matt Dillon interpretaba a James Fogle, el delincuente que escribió sus experiencias en «Drugstore cowboy», película luego de Gus van Sant
    Matt Dillon interpretaba a James Fogle, el delincuente que escribió sus experiencias en «Drugstore cowboy», película luego de Gus van Sant
Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

05 de agosto de 2018. 08:58h

Comentada
Carlos Sala.  Barcelona. 5/8/2018

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¿Qué es un libro de culto? La pregunta no es sencilla,pero se podría resumir en una simplificación muy efectiva,. Son novelas que destacan más por la calidad y entusiasmo de sus lectores, que por la cantidad de estos. Puede que al principio no lleguen a las masas, pero la relación de amor que despiertan en sus lectores hace que sean éstos los que busquen su contagio y la mayoría de las veces lo consiguen. Por eso se denominan «de culto», porque generan un seguimiento fundamentalista. Tanto es así, que al final la forma en que la novela genera interés no es por el libro en sí mismo, sino por sus lectores. Por tanto, es una cuestión de recepción, no de género o de poética. «Matadero nº 5» y «El almuerzo desnudo» son dos libros de culto, y no se parecen nada entre sí.

Podría decirse, eso sí, que todo libro de culto tiene que tener un componente único y particular, una forma de narrar o un relato o unos personajes en cierto sentido «diferentes», lo que hace que muchos lectores únicos y particulares y diferentes se vean atraídos por ellos. Esto no quiere decir que solo a gente rara le gusten estos libros, ni mucho menos, pero sí que facilita que exista un cierto efecto espejo donde el lector se vea en el libro o al menos se sienta como en casa al leerlo.

Un libro de culto, por esta definición, debería ser imposible de trasladar al cine, al menos para los que ya han leído la novela, o sea el público objetivo. Porque el cine se basa más en una trasferencia pasiva de significado, en el que el espectador queda en estado hipnótico, bobo, bobo, bobo, ante la rapidez de los 24 fotogramas por segundo. El lector crea el vínculo y lo engrandece y lo hace más fuerte a medida que lee. El espectador no crea el vínculo, lo crea la película, y sólo depende de esta que se haga más fuerte a medida que se mira. ¿Existen películas de culto? Según la definición de culto, no.

Entonces, qué ocurre con las películas que son adaptaciones de libros de culto. Que la mayoría son un desastre si la novela de la que nace ya ha generado un gran seguimiento, y son una maravilla si el libro pasó más o menos desapercibido. Pensemos, por ejemplo, en las dos novelas de Hubert Selby Jr. que ha adaptado el cine. Su primera novela, y gran éxito literario, con mayor seguimiento (o culto) es «Última salida a Brooklyn». La película que surgió de sus páginas, dirigida por Uli Edel en 1989, es un completo desastre. Sin embargo, otro de sus libros, «Rèquiem por un sueño», cuyo seguimiento era menor, por ejemplo aquí ni siquiera estaba traducido hasta hace unos años, fue una maravilla. Podríamos decir que Darren Aranofsky, director de la película, convirtió a «Requiem por un sueño» en un libro de culto y no Selby.

Otro ejemplo de esta dicatomía acaba de editarse por primera vez en nuestro país. Estamos hablando de «Drugstore cowboy», de James Fogle. La adaptación de 1989 de Gus van Sant, con Matt Dillon como protagonista, fue un éxito «underground» y convirtió a la novela de la que había nacido en algo más que las anécdotas vitales de un delincuente de farmacia. Fogle no es escritor per se, es un yonkie que murió en la cárcel y que robó farmacias hasta los 70 años. En uno de sus internamientos escribió sus propias aventuras. Su interés, por tanto, recae en la presunta veracidad de sus historias. Ahora bien, cuando pones a alguien tan guapo y carismático como Dillon en el papel principal, y alguien como van Sant te dice qué ver y cómo verlo en todo momento, pues la anécdota trasciende y se convierte en película de culto. Es la película quien lo consigue, no el libro. Por eso, todos los fans de la película deberían leer el libro, que acaba de publicar Sajalín editores. Los que no, pues tampoco tiene mucho sentido.

Por tanto, cuanto mayor es el culto, más difícil será hacer una adaptación cinematográfica válida. La adaptación de «Trampa 22», que Mike Nichols dirigió en 1970 era un auténtico desastre. Lo mismo podría decirse de Gorge Roy Hill de 1972 era todavía menos desastre. Los dos eran directores con talento y su elenco también eran actores de primera, pero el culto de la novela se comió incluso antes de empezar cualquier posibilidad de éxito. Por ello, toda adaptación que pueda hacerse alguna vez de «El guardián entre el centeno» o «La conjura de los necios», será un fracaso de antemano. El mismo que tuvo Brian de Palma con «La hoguera de las vanidades».

Ordenar el caos

Otra de las posibilidades dentro de la adaptación de los libros de culto es la ordenación y clarificación, que no simplificación, del texto original. Libros como «American psycho», una maravilla en sí misma, son un río furioso de ideas y detalles que pueden ahogar al lector en su comprensión general del mismo. Bret Easton Ellis tuvo una genial idea con la novela, una psicosis que no es la del enfermo asesino, sino la del yuppie en la cúspirde de la era de consumo cuya psicosis no es la de la violencia y asesinato, sino la del hombre en crisis existencial porque en un mundo en que lo único que te diferencia del resto es la marca de calzoncillos que llevas, cuando ves que todos llevan esa misma marca, sólo te queda idear la más absolutas de las locuras. Mary Harron consiguió ordenar el caos y presentar la caída de este psicópata y hasta la mabigüidad de si comete en realidad todos los crímenes que narra ya no es lo más importante. Otro ejemplo de éxito en esta ordenación y clarificación fue «Alguien voló sobre el nido del cuco», de ilos Forman. A veces, sin embargo, esta ordenación y clarificación sí que simplifica tanto la novela original que todo su mundo se pierde, como ocurriría si alguien se le ocurriese a adaptar una locura como «El arcoiris de la gravedad», de Thomas Pynchon. Esperemos que no ocurra.

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