“Se necesitan nutricionistas en los hospitales para poder adaptar las dietas a las necesidades de cada paciente”

La dieta cetogénica (alta en grasas y baja en carbohidratos) está de moda, pese a alejarse del patrón de menú sano. Se creó para tratar casos de epilepsia que no responden a la medicación. Natalia Egea cuenta cómo la utilizan en el Hospital Sant Joan de Déu

Natalia Egea dietista y nutricionista de la sección de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición de Sant Joan de Déu trabaja con la Fundación Alicia para elaborar las dietas cetogénicas que los neurólogos prescriben a los niños que no responden a los fármacos como alternativa para tratar la epilepsia
Natalia Egea dietista y nutricionista de la sección de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición de Sant Joan de Déu trabaja con la Fundación Alicia para elaborar las dietas cetogénicas que los neurólogos prescriben a los niños que no responden a los fármacos como alternativa para tratar la epilepsia

Natalia Egea, dietista y nutricionista de la sección de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Infantil del Hospital Sant Joan de Déu, se lleva las manos a la cabeza cuando lee que la dieta más buscada en Google en 2018 es la dieta cetogénica. «Keto diet», en inglés, ofrece 99 millones de resultados. La mayoría de interesados en ella quiere perder peso de forma rápida, como dicen que han hecho la modelo Adriana Lima o Gwyneth Paltrow, a base de aumentar la ingesta de grasas y reducir los carbohidratos como fuente de energía. Pero como advierte el divulgador científico Julio Basulto en su blog, «la dieta cetogénica, además de ser muy restrictiva, se aleja de un patrón de dieta sana».

No hay pruebas que demuestren que es útil para tratar enfermedades como la obesidad y la diabetes tipo 2. En cambio, sí hay riesgos testados de que puede provocar fatiga, trastornos gastrointestinales, arritmias, fracturas óseas y múltiples deficiencias de vitaminas y minerales.

Si hay más riesgos que beneficios, ¿quién demonios inventó esta dieta? Egea cuenta que ya en la Biblia existen referencias de la utilización del ayuno como tratamiento de la epilepsia. «Se puede decir que el ayuno fue un precursor de la utilización de la dieta cetogénica como tratamiento de un cuadro convulsivo», precisa. Y añade que «tanto el ayuno como una dieta alta en lípidos y baja en hidratos de carbono provoca cetosis». La historia cuenta que en 1921, dos investigadores, Woodyatt y Wilder, demostraron que la aparición de la acetona en personas en ayuno mejoraba las crisis epilépticas y que a partir de este pretexto, el doctor Peterman creó la famosa dieta cetogénica.

Egea describe que este régimen tiene unas características nutricionales distintas a las que pregona la dieta mediterránea. «Se compone de un 90% de grasas, una cantidad de proteína adecuada a cada niño para crecer y una cantidad muy restringida de hidratos y azúcares», precisamente, lo que más aparece en los menús infantiles. «Sólo tienen entre un 5 y 6% de verduras, frutas y cereales», indica. «El objetivo es que el organismo utilice la grasa para formar cuerpos cetónicos y que estos se utilicen como fuente de energía, en lugar de la glucosa, lo cual puede mejorar el perfil de crisis epiléptica».

La epilepsia es una de las patologías neurológicas más comunes entre la población infantil. Se dan entre 41 y 100 casos cada año entre 100.000 niños. De estos, un 25% no responde a los fármacos, a esto se le llama epilepsia refractaria. A partir del caso de Charlie, un niño con este tipo de epilepsia tratado con dieta cetogénica en el Hospital John Hopkins, neurólogos de Sant Joan de Déu recetan este régimen como terapia. El 60% logra reducir a la mitad las crisis y hasta un 20% queda libre. También mejoran en los aspectos cognitivos y conductuales.

Ni una galleta

Egea matiza que estos niños tienen un seguimiento exhaustivo. Ingresan cinco días para hacer una buena adaptación y cuentan con suplementos. Se prueba seis meses y si funciona, se mantiene dos años. Si el niño ha respondido, puede estudiarse retirarse la dieta despacio. «No es fácil de cumplir, si el niño se come una galleta, el azúcar se convierte en glucosa, entra como fuente de energía en el cerebro y se puede desencadenar una crisis», advierte. Como los menús son complicados (aguacate y yogurt de desayuno, un poco de verdura y proteínas para comer, queso y frutos secos...) la Fundación Alicia de Ferran Adrià colabora con la creación de panes y galletas. Somos lo que comemos y los alimentos pueden hacer enfermar, pero también ayudar a curar.

Los hospitales aún dan comidas poco saludables

«Los menús de los hospitales están revisados por nutricionistas, pero aún hoy, por intereses o por desconocimientos, se dan productos poco saludables. Productos que desnutren más que nutren como galletas, bollería industrial o zumos azucarados que se deberían eliminar», opina la dietista y nutricionista Natalia Egea. Esta figura no está contemplada como necesaria en un hospital, aunque el Sant Joan de Déu cuenta con todo un equipo que toma iniciativas para cambiar los menús y adaptarlos a los pacientes, tanto por su patología como creencia. Con ellos llegan las terapias dietéticas que aúna a cocineros, médicos y dietistas.