Política

El «rey del cachopo»: «Hola me llamo ''Txiqui'' y soy venezolano»

Así se presentó en Zaragoza Cesar Román, «el rey del cachopo». Trabajaba como cocinero en un restaurante donde fue arrestado el viernes. el juez ha decretado su ingreso en prisión.

Así se presentó en Zaragoza Cesar Román, «el rey del cachopo». Trabajaba como cocinero en un restaurante donde fue arrestado el viernes. el juez ha decretado su ingreso en prisión.

En el restaurante Gerardo de Zaragoza estaban ayer hartos de las bromas telefónicas. «Eh, ¿tenéis cachopos para llevar?», y cuelgan. O «Soy César Román, estoy en la Policía, ¿vienes a pagar la fianza?». Raquel, la jefa del establecimiento, se mostraba desesperada: «Lo único que van a conseguir con eso es que la gente no se anime a denunciar si está en una situación similar a la que me encontré yo por la que te cae después». Era la jefa de «El Rey del cachopo» y sigue sorprendida por la repercusión de su llamada al 091 alertando a los gentes de que tenía de cocinero al hombre más buscado. César Román, a quien titular del Juzgado de Instrucción número 8 Zaragoza envió ayer a prisión provisional como responsable de la muerte de su novia Heidi Paz, había tomado una identidad falsa y se llamaba José Rafael Rujano Contreras, aunque pedía que le llamaran «Txiki». Decía ser natural de Maracaibo (Venezuela) y llevaba trabajando en su bar desde poco antes de las fiestas del Pilar aunque en Zaragoza algunos le llevaban viendo ya desde septiembre. Por esas fechas iba a tomar cañas al bar Karibu, en la calle Italia. Nunca pensaron que tuviera problemas con la Policía. «Un día llegaron los municipales para medir si al terraza cumplía la ordenanza y él estuvo ahí tan tranquilo», recuerda un conocido. Lejos de esconderse, era muy sociable con todo el mundo, como con el propietario, Jesús. A éste le contó que se le acababa de terminar el contrato de un curro en el centro de la ciudad y que él era un gran cocinero y barman. «Justo el día anterior a los del Gerardo se les había ido el cocinero y le dije mira, puedes probar ahí». Y así fue cómo César se presentó en el restaurante donde estuvo trabajando poco más de un mes. Era pinche de cocina y estaban bastante contentos con él. «Era muy bromista, siempre estaba de buen humor», recuerda Raquel. Al parecer César, que libraba los domingos y lunes por la tarde no tenía una vida social muy rica en Zaragoza en cuestión de amigos pero sí de novias. Se veía con una chica de La Muela, al parecer, también de aspecto latinoamericano, como su última pareja conocida. «Me ha pedido que le mande una foto de cuerpo entero pero le puedo mandar una de carné, porque total...», dijo refiriéndose a su baja estatura. «Cuando estaba con el cuchillo grande en la mano le decía de cachondeo “Anda Txiki, deja eso que pareces el muñeco Chuky”, y él hacía de broma el gesto de ir a matar poniendo cara de loco y tarareando musiquilla de psicosis. A Raquel se le ponen ahora los pelos de punta al recordar anécdotas como ésas. La mujer muestra los mensajes de WhatsApp que le envió el pasado 31 de octubre y 1 de noviembre alegando una gripe, por lo que no podía ir a trabajar. «No me encuentro en las mínimas condiciones para ir, me siento como si me hubiera pasado un camión por encima. Diculpar». En su imagen de WhatsApp pone: «Hay libros cortos que, para entenderlos como se merecen, se necesita una vida muy larga. Francisco de Quevedo». Su última conexión de WhatsApp es del viernes a las 10:39 horas. Hacía media hora que había entrado a trabajar. Su jefa ya había llamado a la Policía para informar de la situación y éstos le pidieron cautela hasta que se presentaran los agentes. Eso fue sobre las 11:40 horas, una hora y media que se le hizo «eterna».

Recoger una mercancía equivocada

Los agentes iban de paisano. La forma de entrar a la cocina sin que César (Rafael) se sobresaltara fue haciéndose pasar por unos proveedores que venían a por una mercancía en mal estado o equivocada. Así, entró un agente y entre Raquel y él se pusieron a sacar cosas del congelador hasta que llegaron a las madejas, que era verdad que las tenían que devolver. Ni siquiera Miguel, marido de Raquel sabía aún que era un policía e insistía en que debía llevarse también un pulpo. El agente salió. Tenía dudas de que fuera él por su gran cambio físico. Finalmente entraron más. ¿Eres César Román? «Sí, soy yo al que buscáis», reconoció. Aceptó voluntariamente a acompañar a los agentes pero pidió ir a recoger algo arriba. «Tranquilo, que te vamos a acompañar», contestaron los policías. Antes de irse le dio la mano a sus jefes y les dijo: «Muchas gracias por todo». Luego fue conducido a los calabozos de la Jefatura Superior de Zaragoza. El registro de la vivienda que compartía con unos dominicanos en el número 18-20 de la calle Portugal tuvo lugar sobre las 20:00 horas del viernes. Los agentes se incautaron de bastante dinero en efectivo, además de cuatro teléfonos móviles y tres tarjetas de prepago con 10 euros. A su llegada al domicilio, Román declaró a Antena 3: «Soy inocente, no he matado a nadie. De hecho creo que no es Heidi». Su cambio de look sorprendió a todos: llevaba barba larga, pelo rapado y había perdido mucho peso. Por mucho que diga a su abogado y ante las cámaras, los investigadores del Grupo VI de Homicidios de la Brigada Provincial de Policía Judicial de Madrid le tienen «bien atado». Tienen pruebas sólidas contra él que deben ser omitidas por no contaminar el procedimiento judicial declarado secreto en el Juzgado número 32 de Madrid. Se puede deducir que es así por su ingreso en prisión. Y es que se sigue especulando mucho en torno a la vida y andanzas de este rocambolesco y oscuro personaje. Tiene antecedentes por estafa, malos tratos y estuvo infiltrado en partidos de extrema derecha pero ahora se le acusa de un delito de sangre. Su defensa, ejercida de momento por el penalista Javier Notivoli no será sencilla. Le acusan de haber acabado con la vida de su última pareja sentimental, una joven hondureña de 25 años. Su torso apareció en una nave de Usera el pasado 13 de agosto, como adelantó este diario. Le habían prendido fuego y el humo alertó a los vecinos, que llamaron a los Bomberos. Éstos, al encontrarse lo que parecía un cuerpo humano llamaron a la Policía Nacional, que cogió la investigación del caso. Fueron semanas complicadas porque la sosa cáustica que el autor había echado sobre el cuerpo de la fallecida le había hecho perder el color de tal manera que el forense no podía acreditar que se tratase de un cuerpo con rasgos afroamericanos. Finalmente, tras el cotejo con el ADN de sus familiares (solo su madre vive en Madrid) pudieron certificar que era ella, como explicó este diario el pasado 4 de noviembre.