Las chinches se comen Lavapiés

Los vecinos denuncian una nueva plaga de estos insectos en pisos y calles del barrio

«Los responsables de Madrid Salud se van de vacaciones y las chinches se quedan en Lavapiés: tres reinfectados y ahora un nuevo infectado». Un mensaje simple pero contundente con el que la Plataforma Barrio de Lavapiés, a través de su canal de Twitter (@PBarrioLavapies), reavivó este miércoles una denuncia que, por desgracia, nunca llegó a morir. Y si no, que se lo pregunten a Begoña o a Manuel, dos vecinos que ya han visto sus casas desbaratadas por una plaga que parece encontrarse cómoda en este céntrico enclave madrileño. Ahora, con las nuevas alarmas, estos dos miembros de la plataforma citada se ven en la obligación moral de alzar la voz por su comunidad, temiendo también tener que pasar por el mismo calvario una vez más. Y ya no sólo por una cuestión económica –que también–, sino por la perturbación que supone en el día a día de cualquier trabajador y de cualquier familia tener que enfrentarse a un problema de estas características.

«Las chinches en verano eclosionan cada 15 días, y cada chinche produce 1.500 crías», apunta Manuel; ¿se imaginan en qué podría convertirse su casa si a uno de estos pequeños parásitos de le ocurriera posarse hoy sobre sus colchones? En cuestión de días se verían sumergidos en una guerra en la que estos residentes llevan años luchando sin suerte. Y lo peor de todo es que, según afirma Begoña, «el Ayuntamiento es parte del problema». ¿Por qué?

«Nos sentimos indefensos», lamenta la que cumple el papel de portavoz en la Plataforma Barrio Lavapiés, pues nadie parece responsabilizarse de un problema social tan importante como es la propagación de una plaga parasitaria por todo el vecindario. Sin embargo, hacerse oír está resultando una «misión imposible», pues la situación en Lavapiés poco o nada ha cambiado desde que Begoña se reunió en octubre de 2015 con la alcaldesa, Manuela Carmena –que, según cuenta Manuel, durante el encuentro no dejó de tomar notas en su cuaderno, casi incrédula ante una crisis de la que nadie parecía haberle rendido cuentas previamente–. Así, el único paso al frente que ha dado el Ayuntamiento en este asunto tuvo lugar el pasado mes de enero, cuando la Junta del Distrito Centro reconoció por fin la existencia real de un problema de salubridad en el barrio. Claro que este gesto de sensatez no ha amedrentado a las chinches.

Pero, ¿qué reclaman los vecinos al consistorio de Madrid? En primer lugar, un refuerzo en los servicios de limpieza: «Esto es un auténtico estercolero a diario», se queja Manuel. Y en efecto, pasando ya las cuatro de la tarde, la Plaza de Lavapiés aún sigue sucia por la noche anterior, porque el fuerte olor a orines, las latas de cerveza acumuladas en el suelo y un puñado de despistados durmiendo en los bancos hablan de juerga hasta al amanecer. En este sentido, sería fundamental extremar la atención en los puntos limpios, donde se acumula basura de todo tipo y lo más preocupante, muebles y colchones, focos de infección por excelencia. De hecho, la habitual imagen de colchones tirados es la evidencia de que muchos vecinos han tenido que deshacerse de ellos porque es imposible eliminar las chinches. En segundo lugar, Begoña insiste en la necesidad de concienciar y presionar a los propietarios de las viviendas afectadas por estas plagas de chinches, pues son los únicos capaces actuar en su vivienda y de frenar así la reproducción de los parásitos y su instalación en el resto del edificio.

Podría parecer que la suciedad acumulada en la calle es el factor a solventar con más urgencia, pero tanto Begoña como Manuel coinciden en otorgarle mayor culpabilidad a la falta de civismo del nuevo vecino de Lavapiés. Él, que nació hace 48 años en la calle de Lavapiés, recuerda otros tiempos en los que, pese a no disponer de contenedores de basura, la gente tenía el compromiso suficiente con sus iguales como para mantener limpio el barrio. Pero, por falta de modales, de escrúpulos o, en el mejor de los casos, por desconocimiento, ya nadie trata las calles como lo que son: parte de nuestro hogar. Es ahí donde el Ayuntamiento debe actuar, y para Manuel, con una «regañina» no basta.

El caso es que, mientras unos y otros miran para otro lado, comunidades enteras de vecinos tienen que dejarse los ahorros, el tiempo y la salud en desinfecciones. En la Plaza de Lavapiés, Begoña y sus convecinos tuvieron que desembolsar unos 5.000 euros para eliminar todas las chinches del edificio, a lo que hay que sumar otros 2.000 euros en fundas especiales para los colchones.

Además, esta madrileña recuerda la importancia de mantener tras los trabajos de desinfección unas revisiones regulares de control de plagas, lo que cuesta unos 40 euros al mes. En el caso de la finca de la calle Zurita en la que vive Manuel, la factura ascendió a los 12.000 euros y los trabajos tuvieron que realizarse dos veces. Sin embargo, el dinero no es lo que más duele pagar, sino la ruptura de la cotidianidad: «Tienes que desmontar el piso por completo», reclama Manuel, pues cualquier tejido en la casa podría estar contaminado –otra gasto a añadir a la lista: la lavandería–. En cuanto al diagnóstico, el Ayuntamiento ha dejado también de asumir los gastos.