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En la educación digital: no es la tecla, es la persona

Hola, señores de Telefónica:

Mi nombre es Clara, tengo 9 años y voy a la escuela en Asturias. En mi pueblo, muchos niños y niñas, cuando cumplen 10 años, reciben un móvil de regalo. Yo dentro de poco cumpliré los 10 y creo que mi padre y mi madre no me regalarán el móvil. Dicen que aún soy pequeña, que me dejan el suyo en casa, que tenemos una tablet, que es peligroso si no se usa con conocimiento y que hay que demostrar responsabilidad.

Yo en casa me encargo de la basura, a veces lavo los platos y siempre recojo la mesa. Mi cuarto está ordenado y una vez por semana lo limpio por completo. Pero parece que eso no es suficiente. Por eso me puse a buscar en Internet argumentos para convencerles, llegué a vuestra web de contenidos que tienen como misión inspirar a lograr cosas increíbles, denominada #MejorConectados y escuché a María Zabala (después me quedé enganchada con los vídeos de Javier Gómez Noya y Jota García, los triatletas… con Rafa Nadal y Perico Delgado… es que me gusta mucho el deporte). Bueno, el tema es que por eso les escribo, por lo que dice María. Ella cuenta que lo importante es la persona y no la tecla, que los mayores tienen que escucharnos sin juzgar y que los padres y las madres deben participar de nuestro descubrimiento de las tecnologías. Porque así es nuestro mundo.

Todos los viernes, al salir de clase, me pasa a buscar mi abuelo (abro paréntesis: ¿alguna vez pensaron en hacer vídeos de abuelos y abuelas en #MejorConectados? Tienen una vida increíble y vivieron cosas que nunca imaginamos. Y saben mucho… bueno, sigo). Mi abuelo me pasa a buscar y, mientras caminamos hasta su casa, me cuenta historias de cuando era pequeño. El último viernes le conté que papá y mamá no quieren comprarme un móvil y que no es cuestión de dinero. Le expliqué que yo ya sé usar Internet y mi abuelo lo sabe: le enseñé a usar redes sociales, le dije para qué servían, le enseñé sobre haters, cómo buscar información y de qué desconfiar.

A mi abuelo (se llama Etelvino) le gusta mucho una red social en la que encuentra a gente de cuando era pequeño. Y siempre busca a la misma persona. Una mujer. Me dijo que fue su primera novia, pero se fue a otro país y nunca más la volvió a ver. Ahí fue cuando me acordé por primera vez de María Zabala, cuando en el vídeo de #MejorConectados asegura que la tecnología “ha cambiado la forma que tenemos de relacionarnos”, no solo porque mi abuelo podía buscar a viejas amistades, sino porque Internet se convirtió en un medio, pero también en una herramienta, como dice María. Para ella las pantallas, Internet o las redes sociales no son el motivo de desconexión en las relaciones, sino una herramienta para conectarnos de otros modos.

La cosa es que el viernes pasado, cuando tocaba la hora del cuento, me contó una historia sobre las uvas del pasado. Y creo que tiene mucho que ver con Internet.

“Las reglas son muy claras –comenzó mi abuelo mientras cruzábamos el parque–. Cuando un niño nace, sus padres le regalan un racimo con una docena de uvas. Cada una de ellas le permite regresar a cualquier momento del pasado. Pero del suyo. Es imposible visitar la construcción de las pirámides, participar de la Revolución francesa o viajar a la Luna. Hay que regresar a un momento en el que se haya participado. Las pequeñas frutas nunca se pudren, dañan o pierden su capacidad. Tampoco es posible usarlas para ganar dinero mediante apuestas. La mayoría de mis amigos las fueron gastando en caprichos momentáneos: obtener un balón agotado del Mundial del 82, estar en primera fila en un concierto o evitar un desamor. Más tarde, ya mayores, he visto a compañeros de trabajo desperdiciar sus pasajes por evitar un despido o arruinar las posibilidades de ascenso de otros. He visto, a lo largo de mis 95 años, constantes desatinos y yerros. La mayoría lo fueron. Es verdad que también puedo recordar algunos aciertos. El de un amigo, Adrián, que quería una última conversación con su hermano antes que este partiera a la guerra y muriera allí. El de un primo que quedó prendado de una chica en un autobús y decidió volver al pasado solo para regalarle un rosa. El de mi madre, que quiso cenar por última vez con sus padres el día que les dijo que se casaba, no con el hombre que ellos habían elegido, sino con otro... y el de mi padre que quiso cogerla de la mano, otra vez, en ese momento. Los instantes que más han marcado el carácter de las elecciones siempre han tenido que ver con el amor. Siempre”.

Aquí también recordé a María y me puse a pensar si mi abuelo no se estaría poniendo nostálgico, al igual que hacen mis padres cuando me dicen que su infancia fue mejor, sin tantas pantallas ni redes sociales. María dice (y me tomé el trabajo de escribirlo textual, para que no haya errores), que: “Hay una nostalgia por recordar nuestro pasado como algo mucho más perfecto de lo que en verdad fue” … Tengo que recordar esta frase para responder a mi padre cuando me hable de sus 10 años.

Bueno, que me lío, mi abuelo Etelvino.

El cuento no se parecía en nada a los que me contaba hasta ahora. Y, como en #MejorConectados siempre habláis de conseguir lo que parece imposible y lo cuentan personas que lo consiguieron, pensé que esto debíais saberlo. Obviamente le pregunté a mi abuelo si era verdad lo de las 12 uvas, que yo no las tenía, que ya no quería un móvil… Entonces él metió la mano en el bolsillo y me mostró un pequeño atajo de tela, atado con un cordel muy viejo. “Aquí están las mías –me dijo–. Las 12”.

Me dijo que siempre las había guardado, que nunca las usó.

“A lo largo de los años me he enfrentado a cientos de veces en las cuales podría haberlas usado –siguió contándome mi abuelo– . Para evitar lágrimas innecesarias en familiares, dolores en los que amé y sufrimientos en los que me quisieron. Podría regresar al nacimiento de cada uno de mis hijos y de mis nietos –y me acarició el cabello– . A los momentos de risas y a los abrazos eternos. Pero tuve la fortuna de vivir cada uno de esos momentos con una intensidad imborrable. No necesito uvas ni vinos para la memoria. Los llevo conmigo. Siempre. Pero hay algo que no sabéis. En mi vida he querido a varias mujeres. Pero solo he logrado amar a una, sin embargo, no sé si ella me correspondió. Y ahora que ya sois mayores quiero dejaros con un acto egoísta. Creo que me lo merezco. Nunca supe si ella me quiso... y me gustaría averiguarlo. Son muy pocos los que saben que si las 12 uvas se guardan hasta el final de la vida y se toman todas juntas pensando en una persona ocurren dos cosas. Una buena y una mala. Por un lado, quien las toma no recuerda nada de su pasado. Se borra todo. Pero, por otro, si el ser amado también toma las doce uvas pensando en él, ese amor se vuelve indestructible. Yo no sé si ella lo hará. Ni siquiera sé si en algún momento me amó. Pero quiero ir a buscarla”.

Me quedé pensando en esto y recordé que María Zabala dice, cuando habla de los miedos a la tecnología, que “deberíamos pensar menos en lo que no queremos que pase y más en lo que sí queremos que pase” y justamente ¡eso estaba haciendo Etelvino!

Mi abuelo nunca me mostró las uvas, solo el paquetito. Yo no sé si era verdad o si era otra de sus historias. Pero lo que dijo María en #MejorConectados, y las uvas de mi abuelo, me dejaron pensando. Y creo que eso es lo que le voy a decir a mi mamá y a mi papá para que piensen en un móvil para mí. Al igual que en la vida, en Internet no hay marcha atrás, se puede borrar de la memoria de uno, pero no de la memoria colectiva todo lo que compartimos. Por eso, al igual que aprendemos a vivir mientras vivimos, les propondré a mis padres aprender a usar Internet mientras crezco, pero con ellos de la mano. Porque si yo tuviera 12 uvas, las usaría todas juntas para volver con ellos. Seguro que María estaría de acuerdo. Ella dice en el vídeo de #MejorConectados que “a veces nuestros hijos ignoran la importancia que ellos mismos tienen en su destino”. Y yo quiero ser muy importante para mí, por eso les escribo esto.

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