La actividad económica se desploma en los barrios confinados: “Hemos servido tres cafés en cinco horas”

En Carabanchel, los bares sin clientes, los comercios se vacían y la Policía Municipal ejerce de guía turística para ver dónde están los límites de las zonas confinadas

Turbulencia de emociones. Así fue el primer día de restricciones en una de las zonas, Vistalegre, que ayer no hizo honor a su nombre por el gesto, entre despistado, desconfiado y triste de sus vecinos. Con la mascarilla pertinente y con la mirada como puerta franca a lo que sentían, al confinamiento de no poder salir del barrio se unía la impotencia física y también la impresión de que existía una valla psicológica que ni siquiera sabían dónde estaba. De ahí el azoramiento de muchos, sobre todo de las personas mayores. La única salida, más o menos factible era el metro, como si fuese un túnel que se había escarbado sin este fin pero que sí ofrecía una salida, aunque los testimonios eran contradictorios. Un hombre de mediana edad decía que había ido y venido de Manuel Becerra sin que ni la Policía ni los vigilantes de seguridad le hubiesen puesto un pero. Tampoco se apañaba a calibrar si había más gente en los vagones o no. A los pocos segundos, una mujer afirmaba que sí: que le habían pedido el “salvoconducto” correspondiente.

Un jubilado, con la oreja puesta, esperaba que estos periodistas fuésemos su oráculo para saber hasta dónde debía andar y echar dos pasos más atrás porque se salía de la zona. Difícil explicarle las zonas porque él ya tenía su croquis hecho. Vive en la calle Oca, pero para él -hasta cuatro veces lo afirmó- en centro comercial de Vistalegre ya era Puerta Bonita –que también tiene restricciones- y no estaba seguro si podía ir hasta el metro de Carabanchel a pesar de estar a 300 metros y permanecer a su radio de acción. ¿Conclusión? No sabía que dirección tomar.

Los comercios, si ya estaban de capa caída, temen que lo próximo sea despedida y cierre. Juanjo, el encargado de la Ferretería Enol, es optimista, pero si el viernes pasado las personas se arracimaban en la entrada y cogían un número, como en el mercado, ayer la afluencia era menor. Este establecimiento es una referencia en Madrid. los que vivimos por aquí ya estamos habituados a la doble fila delante del local y, tras la pandemia, a sortear a sus clientes. El paisaje cambió ayer. “No ha cambiado mucho, la gente sigue entrando y se toma más en serio las medidas. Es posible que hoy haya bajado porque nos han llamado clientes de otras zonas de Madrid para preguntarnos si puede venir y les hemos dicho que solo los profesionales, los particulares, no”, comenta. Ya está barruntando alternativas para los que no se puedan acercar. “Hablaremos con la cooperativa e intentaremos hacer repartos con nuestra furgoneta. El negocio hace tiempo que sufre pero hay que mantenerlo como sea. Hay que pelear. Los que de verdad lo están pasando mal son los dueños de los bares”.

Y tanto. El dueño del bar y el restaurante Gabri no puede ser más tajante. Su mascarilla no tiene filtro, pero la expresión de sus ojos sí: una cosa es estar cabreado; otra muy cabreado y la siguiente es como está él, para la que el diccionario aún no ha inventado una palabra que encaje. Abrió a las ocho de la mañana, para los desayunos, y a la una de la tarde: “Solo he servido tres cafés”. A esa hora, donde a principios de la pasada semana las mesas de la terraza tenían un aforo aceptable, ayer solo se posaban las hojas. Este local, especializado en comida rumana y búlgara ha visto en cuestión de horas como su clientela, principalmente de estos países, además de los viandantes del barrio, ha desertado. No por voluntad propia sino porque viven en otros barrios en los que no hay restricciones pero les han vetado esta zona. “No sé lo que vamos a hacer. O sí: esperaremos dos o tres días y si esto sigue así, cerramos quince. No hay otra. Luego ya, veremos. A lo mejor le dejo las llaves al propietario del local”. Mientras un matrimonio mayor que pasa por la acera canta las cuarenta a los inconscientes que hoy están en sus madrigueras. “Nos tenemos que responsabilizar, por nosotros y por los demás. En estos meses hemos visto jóvenes y adultos en las terrazas sin mascarillas, en mesas que eran para cuatro se sentaban ocho o diez. A esos son los que deberían castigar. ¿Nosotros que vamos a hacer? Salir a pasear, aunque espero que no nos llamen la atención por ser mayores. Necesitamos andar por el corazón”.

Una calle tan populosa como Oca y Laguna –hace unos meses había que pasar por ella como si se fuese un jugador de rugby americano, medio codazo va y viene- está desconocida: como mucho cuatro o cinco personas en tramos de cincuenta y cien metros. Alguien pensaría que es un privilegio, los comerciantes no. Una frutería en la que había que hacer cola antes de entrar ayer era un páramo con naranjas, limones, fresas, peras y verduras en busca de un hogar. “Ahora es más complicado que con la pandemia. Durante los primeros días la tienda estaba llena, aunque ahora son más resabiados. Saben que no vamos a cerrar y se nota. Sin embargo, las personas están más asustadas e incluso se riñen entre ellos porque alguno no lleva guantes y toca la fruta. Hoy, la bajada de facturación es del 70 por ciento. Éramos siete personas, ahora somos cinco e incluso sobran tres”, explica el encargado.

Los jóvenes creen que estas medidas son ridículas porque “es una tontería confinar por barrios. Trabajo en Legazpi, ¿quién me dice a mí que me puedo contagiar allí y pegárselo a mi familia. Puede que esto salga bien o no, pero quienes lo estamos pagando primero somos nosotros”.

La presencia policial se palpa, aunque no estén y, cuando están por ahora hacen más labor de guías turísticos que de fuerzas del orden. Los ciudadanos se acercan para saber en qué calles se pueden mover y las que están poscritas, donde empieza y termina el destierro. Nunca se había visto tantos coches de la Policía Municipal por aquí. No se les teme, pero es un indicio de que el asunto se está poniendo serio, aunque sólo sea por un detalle: más de uno se ha llevado una regañina por tener la mascarilla unos centímetros más bajo de la nariz. Algo medio disculpable cuando se llevan dos bolsas del supermercado en cada mano o si se tiene asma, que ya algunos salen con el parte médico. Continuará...