El falso incendio del Museo del Prado cumple 130 años

En 1891, Mariano de Cavia publicó una crónica que relataba una catástrofe que, en realidad, nunca ocurrió. Su artículo sirvió para que el Gobierno tomara medidas con vistas a evitar una desgracia

Titular de la noticia, publicada hace ahora 130 años por "El Liberal"
Titular de la noticia, publicada hace ahora 130 años por "El Liberal"La Razón

Ocurrió un 25 de noviembre de 1891, hace ahora 130 años. El titular de la portada de «El Liberal» era elocuente: «La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio del museo de pinturas». Su autor, Mariano de Cavia, describía la desgracia al detalle. Una columna de humo que salía del edificio, trazado por Juan de Villanueva unos 70 años antes, era visible desde cualquier punto de la ciudad. No es que ardiera una de sus alas: el edificio entero estaba siendo pasto de las llamas. Las pérdidas no eran humanas. Eran casi espirituales. Los haces de chispas que revoloteaban en torno al fuego «semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya...». El listado de bajas era comparable al de un parte de guerra: «La rendición de Breda», de Velázquez; «Doña Isabel la Católica dictando su testamento», de Eduardo Rosales; la «Sagrada Familia del Pajarito», de Esteban Murillo...

De la puerta central de la pinacoteca, escribía el cronista, salían varios hombres arrastrando lienzos, arrancados de sus marcos gracias a cuchillos, navajas y cualquier otro objeto afilado que tuvieran a mano. Sin embargo, nada conseguía congelar aquel infierno. Las mangueras de los bomberos parecían avivar aún más las llamas. «La confusión era inmensa. Todos mandaban; nadie obedecía», decía De Cavia.

¿En qué estaban pensando?

Los trabajos de extinción, proseguía, fueron seguidos en primera línea por Manuel Linares Rivas, ministro de Fomento. Cuando fue conocedor de las causas del infortunio, entró en cólera. «Pero, ¿en qué pensaban mis antecesores? Esto se hallaba en el más escandaloso de los abandonos (…) ¿A quién se le ocurre tolerar que en los desvanes del museo se albergase toda una muchedumbre, con niños, mujeres, perros y gatos? ¿Cómo lo consentían los directores de Instrucción Pública? ¿Cómo lo autorizaban los ministros de Fomento?», se lamentaba el político. «El incendio está en todo su horrible apogeo, y el Museo del Prado, gloria de España y envidia de Europa, puede darse por perdido», escribía De Cavia.

Fachada del Museo del Prado, en una fotografía tomada en los años veinte del pasado siglo FOTO: La Razón

Muchos madrileños salieron a la calle aquel 25 de noviembre nada más toparse con el titular de «El Liberal». No se hablaba de otra cosa en la capital. En algunos casos, los vecinos acudieron en dirección al museo con varios cubos de agua encima, dispuestos a salvar lo poco que quedaba del Prado. Sin embargo, una vez allí, descubrieron que el edificio estaba intacto. Nada había ocurrido. Si hubieran leído la noticia hasta su último párrafo, se habrían dado cuenta del engaño: «Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos... que pueden ocurrir aquí el día menos pensado», finalizaba el autor.

Así es. El falso incendio del Prado, que cumple 130 años este 2021, puede considerarse una de las primeras «fake news» acreditadas. Y lejos de constituir una broma, es muy posible que aquel artículo salvara la vida del museo. En el texto, De Cavia señalaba que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, «ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debía evitarlo, por un enjambre de empleados y dependientes de la casa». Esto era de lo poco cierto que relataba: entonces, los trabajadores del Prado residían en la pinacoteca y se servían habitualmente del fogón «para toda clase de menesteres caseros», sin ser conscientes de que «una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables».

Tampoco ayudaba el hecho de que los suelos y la techumbre, «desnudos», sin ningún tipo de protección, constituyeran «inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones» de madera. «Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta...».

Así, en 1891, no eran pocas las voces que se alarmaban por la impunidad de estos funcionarios y a la vez inquilinos. Actuaban como si la pinacoteca fuera su propia casa: guisaban, se calentaban y secaban la ropa en torno al fuego, lo cual, ya por aquel entonces, era percibido como una temeridad. Su director, Federico de Madrazo, alertó al Gobierno de la situación, sin ningún éxito.

Quien si lo obtuvo fue el artículo de De Cavia. No esperaba que aquella mentira piadosa obtuviera tanta repercusión. Incluso más allá de nuestras fronteras. Periódicos como «Le Temps», «Il Secolo» y «The Daily Chronicle» se hicieron eco de la falsa noticia. Mientras, el resto de rotativos nacionales recogieron el guante lanzado por De Cavia y publicaron editoriales sobre las medidas que debía tomar el Gobierno de Cánovas para que no se produjera la catástrofe predicha. De hecho, solo entonces, y por clamor popular, el ministro Linares Rivas, el mismo que era retratado por De Cavia en su ficción, decidió visitar el Prado. Así, ordenó que los sótanos fueran desalojados y mandó construir dos pabellones para los empleados del Museo. Eso sí, el público seguiría pisando suelos de madera hasta bien entrado el siglo XX, cuando fueron sustituidos definitivamente por los de mármol.

Madrid llora

Un día después, De Cavia publicó un nuevo artículo titulado «Por qué he incendiado el Museo del Prado». Defendía que su invención no era «una broma, un camelo ni una originalidad». «Por de pronto, hemos logrado despertar la atención del Gobierno y conmover hondamente al pueblo de Madrid. Ayer hubo gentes que lloraron... por lo que tenía facilísimo remedio. ¿No es esto mejor, y más sano para la patria, que llorar por lo irremediable? Hemos inventado una catástrofe... para evitarla», finalizaba el texto.

Y así ha sido. Desde aquel 25 de noviembre de 1891, el Museo del Prado ha sufrido los males propios de cualquier institución de sus dimensiones, encargado, además, de custodiar tanto y tan sensible material. Eso sí, jamás un incendio. Más bien su reverso, las humedades, que pueden ser igual de dañinas en el patrimonio. Nunca lo sabremos con certeza, pero es muy probable que si hoy podemos mirar a los ojos a Velázquez en «Las Meninas», perdernos en «El jardín de las delicias» del Bosco o sentirnos retados por «El caballero de la mano en el pecho» del Greco, sea debido a aquella noticia falsa que sobresaltó no solo a los madrileños, sino a todo un planeta.

Una pluma afilada

Mariano de Cavia reconoció que, a la hora de describir su falso incendio, se inspiró en un artículo de «Le Figaro», publicado en el primer trimestre de 1889. «Golpe de Estado. La República ha muerto. Ernesto I, emperador», rezaba el titular. Con aquel encabezamiento, el rotativo francés pretendía llamar la atención de los lectores sobre el curso que podrían tomar los acontecimientos si el general George Ernest Jean-Marie Boulanger seguía acaparando poder en el país. En todo caso, De Cavia estaba predestinado a ser un renovador del oficio. Un hombre de y para el periodismo. Aragonés de nacimiento y habitual de las tertulias, Valle-Inclán no pudo evitar deslizar su nombre en «Luces de Bohemia» (1920), prácticamente a modo de homenaje póstumo. Podía escribir de cualquier cosa y siempre de manera brillante: crítica taurina, usos y costumbres, modas importadas...y neologismos. Dedicó un artículo a solicitar que el término «football» se sustituyera por el de balompié. De estar vivo, no es difícil imaginarle sacando su afilada punta a términos como «fake news» o «postverdad».