Raquel Ponce: «Espero que alguna generación diga: “Nos vamos de galerías”, en vez de irse de tapas y copas»

La galerista cumple 30 años de profesión que celebra en su espacio Ponce+Robles, donde expone Jaime Martínez, un joven de 26 años con autismo

Raquel Ponce en el sótano de la Galería Ponce+Robles, donde guardan las piezas artísticas.
Raquel Ponce en el sótano de la Galería Ponce+Robles, donde guardan las piezas artísticas. FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

El ojo se entrena, y Raquel Ponce, con sus 30 años de experiencia como galerista, anima a enriquecerlo sin importar los conocimientos previos o la profesión. Primero, que el interesado se organice y capte qué pasa nacional e internacionalmente. Después, que busque su realidad. «Recomiendo que sigas a tu generación, a artistas que estén en tu órbita porque pertenecen a tu momento, aparte de que te enamores de uno que tenga 25 años más que tú», aconseja sentada en Ponce+Robles, un espacio que creó en 2013 junto a José Robles.

Uno de los últimos amores artísticos de los socios es Jaime Martínez, un joven de 26 años con autismo cuyas creaciones empapelan la sala con un contraste de colores. Uno de sus cuadros tiene un fondo rojo devorado por las formas de lo que podría ser un fuego naranja, y a su vez, otro amarillo. «Concienciamos a la sociedad de que a través del arte un chico con discapacidad puede mostrar muchísimo», asegura.

Está dentro del último proyecto, llamado «Centro de conexión permanente», porque son ese vínculo entre artistas y agentes culturales. Quieren ser un lugar de encuentro para celebrar las tres décadas de experiencia de ella y las dos de su socio, que conjuntamente suman su 50 aniversario, justo la edad que acaba de cumplir Ponce. En esta fiesta, las obras seguirán la narrativa del proyecto ―la anterior habían sido los cuatro elementos―. «Se crea una complicidad con los visitantes y con nuestros coleccionistas, además es una manera de que los artistas estén siempre en marcha».

Esta necesidad de movimiento ha sido la dinámica de Ponce. A lo largo del tiempo ha cambiado todo y nada. Ha evolucionado la comunicación, con un mundo virtual que le fascina y se ha erigido como una herramienta de trabajo vital. Lo que perdura son las relaciones humanas. «Visitamos ferias, viajamos, negociamos con coleccionistas…». En esas andanzas, la galerista se siente afortunada de su Madrid natal, una ciudad en la que defiende la riqueza del circuito del sector. «Hay un aspecto muy importante, que somos espacios culturales gratuitos», resalta.

«Pasará el tiempo, yo moriré, y espero que alguna generación diga: “Nos vamos de galerías”, en vez de irse de tapas y copas», reconoce con una carcajada. En la capital, destaca zonas como el barrio de Salamanca, el de Las Letras, el del museo Reina Sofía o Salesas. «No digo ir todos los días, pero no es difícil acercarse una vez al trimestre», incide.

El amor al arte

A la pregunta: «¿De qué artistas está enamorada ahora?», responde con una reflexión: «Principalmente de los míos. Te podría hablar de con los que trabajo, pero voy a mencionar a Día Muñoz, una artista ecuatoriana que hemos conocido a través de la comisaria Pili Estrada. Nada más ver su obra fue un flechazo». Su relación con los creadores es pasional, inspirada por lo que ha bebido en casa; su familia tiene la Fundición Magisa, que lleva 70 años en España y ha hecho esculturas a nivel nacional e internacional.

Se ha sumergido en ese mundo a través de asociaciones como Mujeres en las Artes Visuales (MAV), Arte Madrid o el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC). Estas dos últimas le han sido vitales para ayudar a que la ciudad se organice y se abra al mundo, para lo que también nombra como imprescindible la feria ARCO.

Su profesión le supone un constante aprendizaje. «Hay nuevas tendencias, estilos, metodologías, internet. Además, nosotros somos globales y estamos en permanente y contacto con Latinoamérica, otros artistas, coleccionistas, museos...», enumera. Defiende su ocupación porque quiere contribuir a formar una sociedad «formada y culta». Le gustaría que llevaran a los niños a museos y galerías, porque ese pozo cultural hace que uno se base «en estructuras artísticas» casi sin percibirlo; que uno entre en una casa, en un bar, en un espacio y mire con detenimiento.

«Siempre los artistas tienen puntos de vista distintos a los que tenemos, como digo yo, el resto de los mortales. Porque expresan una sensibilidad inmensa». Desde su punto de vista, es crucial: «La cultura tiene que ser un denominador común a la sociedad, tiene que estar implícito. Yo creo que junto a la sanidad es lo más importante».

– Después de 30 años de trabajo, hay algunos temas que ahora han cobrado más relevancia, como la igualdad, ¿qué opina?
– En el mundo de la creatividad no hay sexos, hay calidad, proyecto, trayectoria y una carrera. He trabajado con mujeres que son personas muy comprometidas y hombres que también lo han sido. A lo largo de la historia, la mujer no tenía relevancia, no en el arte, sino en ninguna profesión. Ahora bien, tenemos que reivindicar la calidad y el proyecto más que género. Yo creo en el trabajo, en el buen hacer y en el compromiso.