La historia final

Cuando Calderón de la Barca trabajó como director de espectáculos en el Retiro de Madrid

En el parque se celebraban juegos de cañas y torneos. No era extraño que en el Coliseo o en los estanques hubiera representaciones para las gentes del común

El Palacio del Buen Retiro de José Leonardo
El Palacio del Buen Retiro de José LeonardoJosé LeonardoJosé Leonardo

Desde 1635 Calderón de la Barca fue el director de las representaciones en el Buen Retiro. Al año siguiente, se le nombró Caballero de la Orden de Santiago. En 1649 preparó las fiestas para la recepción de Mariana de Austria. En 1651 se ordenó sacerdote: a partir de entonces, se concentró en su producción para palacio, aunque se siguieran representando en los corrales de comedias otras obras suyas.

En 1657 se le concedió una pensión «y grandeza para su persona». En 1663 fue nombrado capellán del rey, es decir, que su vida se vinculó indefectiblemente al servicio del rey y más aún desde la creación teatral. De hecho, para teatro áulico compuso todo tipo de obras desde las mitológicas hasta zarzuelas. De sobra es sabido que un auto sacramental suyo llevaba por título El nuevo Palacio del Retiro, en el que en el primer diálogo entre Judaísmo y Hombre, desde los versos 168 en adelante («… ¿qué palacio es éste/ que se labra y para quién?» a «…despejad, / que vos no tenéis qué hacer/ en este Nuevo Palacio,/ que hoy es casa de placer/ donde celebrar mil fiestas/ el mundo verá») se hacía una de las mejores descripciones escritas del Palacio del Buen Retiro. En esa obra aparecían Gracia (la reina) y Justicia (el rey) y se narraba un enfrentamiento ya sempiterno entre el Norte y el Sur de Europa, entre herejes y católicos.

Calderón de la Barca
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Ahora bien, como hemos visto, también se permitió la entrada de público, siempre que pagaran. No era extraño que en el Coliseo, o en los estanques, hubiera varias representaciones, algunas mixtas u otra sólo para pecheros, para las gentes del común.

Aun siendo lugar de teatro palatino, fue también espacio de convivencia de todos los grupos sociales de la Villa y Corte del Rey Católico. Y aunque el teatro y el Coliseo, o todo el Buen Retiro, estuvieron de la mano es fascinante imaginarse las «naumaquias», las batallas y representaciones navales en el Estanque grande. ¡Hoy se sigue remando y disfrutando del agua! Se podía dar el caso de que la representación tuviera lugar en el centro del estanque: a su alrededor los reyes la veían desde barcas y, finalmente, desde la orilla el resto de los espectadores. Para semejante socialización en círculos, se desplegaban luces, se daba de comer en las góndolas, se esperaba pasar una buena velada. Sin embargo, las naumaquias eran montajes carísimos y, acaso, los más criticados por los costes, o porque si se gastaba en hacer un galeón de juguete, se podría haber gastado en reparar los de la Carrera de Indias. Cierto: como que al tenerse noticias de los levantamientos de Cataluña y Portugal, los reyes suspendieron las tradicionales celebraciones de la Noche de San Juan de 1641.

Guerra marítima

Qué duda cabe que el agua embalsada daba mucho de sí para representaciones escénicas y alegóricas. La guerra marítima se traía a Madrid. De manera inocente se veía tanta heroicidad y tantos trabajos como los que pasaban en la mar los hombres del rey. «Fingen escaramuzas, juega el artillería y mosquetes […] Es cosa de ver y entretenimiento gustoso y poco cansado». La representación venía a ser un divertimento, como lo podría ser el de la caza mayor –o los toros al uso de entonces- como entrenamiento para lances bélicos caballerescos. Igualmente, los juegos de cañas, torneos, el ensartar la sortija al galope, todo ello se practicó en el Buen Retiro, de manera mucho más aparatosa que lo que se hacía en la Plaza Mayor.

Era tanta la tralla que se vivía en el Retiro, que cuesta imaginarse que se pueda abandonar, que desde el ahuehuete de la puerta de Mariana de Austria los franceses bombardearan a los edificios del palacio, que el duque de Wellington, el aliado, volara la Real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro, que estaba en la ermita de San Antonio y con su voladora, menos competencia para los ingleses.

En fin: que qué suerte tenemos en Madrid de este singular parque del siglo XVII que ha vivido tan de cerca la Historia de Madrid, que es la Historia de Madrid. Bulliciosa, entremezclada, creadora, alegre y sobrecogedora, rica en todo.

Alfredo Alvar Ezquerraes profesor de Investigación del CSIC