Carne diseñada para combatir emisiones

El consumo de carne desciende y para llenar ese hueco de mercado están apareciendo alternativas como la carne vegetal o la artificial, que dicen ser mejores para el planeta. Sin embargo, la ciencia es clara. Para luchar contra el cambio climático hay que fijarse en la forma de producción y apostar por la ganadería tradicional y extensiva

Lab worker injecting medication into meat sample, african swine flu analysis
Lab worker injecting medication into meat sample, african swine flu analysisDreamstime

Comer carne o no, reducir su consumo u optar por alguna de las alternativas artificiales que están surgiendo y dicen ser mejores para el planeta, personas y animales. El dilema se ha vuelto a plantear inevitablemente en los últimos días aunque lleva encima de la mesa bastante tiempo.

A nivel internacional las noticias tampoco ayudan a aclararse demasiado sobre todo cuando se hace público que personalidades como Bill Gates, Jeff Bezos o Al Gore han decidido invertir en empresas de carne diseñada en laboratorio. En su caso la firma elegida es Natures Fynd, una empresa que crea proteína a partir de un hongo del Parque Nacional de Yellowstone. Afirman que se trata de la proteína del futuro, aunque ya se comercializa en muchos formatos, y las previsiones apuntan a que su cuota de mercado se hará cada vez más importante durante esta década.

Lo cierto es que estas alternativas vienen a llenar el hueco que deja la reducción del consumo de carne de toda la vida, la de fuera del laboratorio. La Asociación de Fabricantes y Distribuidores (AECOC) sostiene que 2020 un 19% de la población prefería comer carne sintética fabricada en laboratorio por motivos de bienestar animal, mientras que el 72% que las ha probado valora estas alternativas de forma positiva. En 2019, la consultora Lantern publicaba otro estudio en el que se concluía que en España los consumidores veggies representan ya el 10% de la población.

VEGETAL O DE MÚSCULO

Hay dos alternativas cuando se habla de carne artificial. El primero es el de las carnes de base vegetal. Aquí hay dos marcas principales, Impossible Food y Beyond Meat. Ambas fabrican sus productos a base de plantas, aunque la primera contiene, además, organismos genéticamente modificados. Desde el punto de vista nutricional no hay que olvidar que se trata de productos procesados que mezclan en su composición guisantes, grasas vegetales y saborizantes.

Desde el medioambiental hay que tener en cuenta varias cosas, porque no están tan claros sus beneficios. El consumo de agua y energía es teóricamente menor y se evita parte de los insumos que se usan para cultivar los cereales y que luego servirán para alimentar al ganado, pero sería medioambientalmente interesante si la cadena de producción fuese corta. Si se suman las emisiones de importar estos productos de Estados Unidos y el transporte de materia prima como el aceite de palma que se cultiva en Indonesia, las cuentas cambian. Sigue siendo más ecológico comerse un chuletón de Ávila.

La otra alternativa es la carne sintética cultivada que utiliza células de esqueleto animal. Por un lado, se separan células de músculo y por otro, células de grasa y se hacen crecer en un biorreactor hasta que se obtiene la carne. Ya están a la venta en Singapur e Israel y hay unas 55 empresas trabajando en estos productos.

Esta alternativa tampoco parece que medioambientalmente vaya a ser mejor. La organización The Good Food Institute, que trabaja con este tipo de carnes, afirma que comparado con la producción tradicional de ganado la cultivada reduce el uso de suelo un 95%, el de agua un 78% y la contaminación un 93%.

Sin embargo, hasta que los sistemas de producción no se generalicen es difícil tener una visión real de los impactos de estos productos. De hecho, un reciente estudio publicado en Frontiers for Sustainable Food Systems concluye que, empleando a gran escala la metodología actual utilizada para la generación de la carne de laboratorio (especialmente para el funcionamiento de los biorreactores en los que se desarrollan las células madre), se agravaría a largo plazo el calentamiento global debido a la emisión de CO2. Además, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha manifestado sus dudas acerca de que el procedimiento de obtención de esta carne sea más sostenible medioambientalmente que la ganadería convencional.

El mercado de las carnes vegetales y artificiales todavía está verde, pero es una amenaza más para el sector, al que no han sentado nada bien las propuestas del ministro Garzón. La demanda interna no para de decrecer. Desde 2012, según los datos manejados por el Ministerio de Agricultura, el consumo de carne en los hogares ha descendido un 12%, pasando de 52 kilos por persona y año a 45 kilos. A esto se ha sumado la pandemia y el cierre durante meses del canal Horeca.

Sin embargo, las exportaciones han compensado durante años esa bajada de consumo. «El problema es que ahora mismo producimos cuatro veces y media más de la carne que consumimos. Una situación que se explica porque China se ha enriquecido en los últimos años y ha aumentado su consumo de proteína animal, en concreto de cerdo. Esto, unido a la guerra comercial con EE UU, ha hecho que durante un tiempo España exportara muchos productos cárnicos. Sin embargo, estas exportaciones están bajando con ratios que están llegando hasta el 48%. Ahora China lo que quiere es empezar a importar más pienso para su propio ganado. La industria que ya se ve afectada por un descenso del consumo de carne a nivel interno va a sufrir también un aumento de los costes de producción por la subida del precio del pienso para alimentación animal», explica Máximo Florín, profesor del Centro Regional de Estudios del Agua de la Universidad de Castilla-La Mancha.

EMISIONES

Actualmente, la ganadería supone aproximadamente un 14% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Organizaciones como la FAO advierten del exceso uso de tierra y agua para la producción de proteína animal y la Organización Mundial de la Salud recomienda un consumo moderado de proteína animal.

También el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) hace mención al cambio de dieta como herramienta para luchar contra el cambio climático. Lo que ellos proponen es el flexitarianismo, algo parecido a volver a la dieta Mediterránea en la que se incorpora alguna vez a la semana pescados y carne. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, de hecho, recomienda hacer una ingesta de 2-3 veces por semana. «No es necesario pasar de consumir demasiada carne a demasiada poca, sino ayudar a que la ganadería haga sus explotaciones eficientes y ecológicas. Hay que apoyar al sector porque es estratégico», opina Florin.

En este sentido la batalla se juega entre apoyar la ganadería extensiva tradicional o seguir apostando por un modelo intensivo e industrializado. Si bien en cuanto a emisiones se dice que la industrial es más eficiente por kilo de carne producido, si se tienen en cuenta las emisiones por animal, a la extensiva parece que le salen mejor las cuentas porque se ahorra el cómputo de las tierras necesarias par producir el cereal y los fertilizantes. La extensiva es, de hecho, la fórmula por la que abogan los científicos y es que esta ganadería tiene un papel fundamental en la preservación de hábitats de gran valor ecológico como la dehesa o las zonas de montaña, en la conservación de razas autóctonas, en el adecuado mantenimiento de las zonas boscosas y de pastos para prevenir los incendios, etc.

MACROGRANJAS

Sin embargo, en España, según datos de Greenpeace, actualmente se concentra en grandes explotaciones industriales el 93,7% de la producción de carne de cerdo, el 94,2% de la carne de aves y el 80,6% de la leche de vacuno y el 66% de las tierras cultivadas se destinan a producir alimentos para el ganado. «El 80% de la deforestación mundial es resultado de la expansión agrícola, y la mayor parte se destina ya a alimentar animales, en lugar de personas. Los nitratos derivados del uso masivo de fertilizantes sintéticos y de la ingente cantidad de excrementos generados por la ganadería industrial se filtran en el terreno envenenando la tierra y sus acuíferos. Según la FAO, nos encontramos ya en una crisis global de la calidad del agua», dice la organización en su web.

«Las macrogranjas se concentran en muchas áreas despobladas, que están ubicadas en las cabecera de las cuencas hidrográficas, que son las que producen la mayor parte del agua dulce de buena calidad que consumimos, y donde ahora el número de cabezas de ganado superan al número de habitantes humanos (esto ya pasa en el cómputo total de Aragón, por ejemplo, o en provincias como Cuenca). En Castilla y León hay unos 700 municipios que tiene sus aguas subterráneas contaminadas por los nitratos de los purines. Aragón cuenta con al menos 70 acuíferos contaminados, etc.», matiza Florín.