En psiquiatría se define el delirio como una creencia que se vive con una profunda convicción a pesar de que la evidencia demuestra lo contrario. Para que un especialista considere que se está produciendo en un individuo deben cumplirse varios requisitos. El primero de ellos es que la idea, por descabellada que pueda parecer, sea firmemente sostenida utilizando argumentos aparentemente lógicos.

En segundo lugar, la demostración de su imposibilidad en la práctica no debe ser obstáculo para seguir defendiendo vehementemente su realización. Por último, el delirio debe consistir en una idea extemporánea en un contexto determinado.

Algo así es lo que están experimentando los separatistas catalanes, lo malo es que están arrastrando a muchos ciudadanos hacia su delirio y están produciendo una crisis de Estado muy grave, con consecuencias negativas para todos.

Tras el 27 de octubre de 2017, el Sr. Puigdemont huyó para no ser encarcelado junto a algunos miembros de su gobierno. No fue un acto épico, sencillamente decidió librarse de las consecuencias de sus propios actos.

Pero consiguió dar la vuelta de nuevo a su relato. Aunque su huida no fue un acto de heroicidad para propagar la causa independentista, decidió abrazarse al presunto proceso de internacionalización del conflicto, cuestión que sumada al déficit de comunicación de las instituciones constitucionales españolas, le permitió fidelizar a sus seguidores.

Al igual que Polonio interroga al mismo Hamlet cuando dice: “Aunque todo es locura, hay cierto método en lo que dice”, los independentistas actúan como si detrás de su delirio existiese un núcleo de verdad.

Pero la realidad se fue imponiendo, el interés mediático internacional fue decayendo y las autoridades europeas, a excepción de la dudosa posición belga, no dieron ninguna cobertura al Sr. Puigdemont.

El Estado de Derecho es demasiado lento para los más impacientes, pero inexorable a medio plazo y, al final, el presidente huido de la justicia ha terminado siendo capturado de acuerdo al ordenamiento jurídico y, con ello, apagada toda luz de esperanza para los separatistas.

Sin embargo, el clima de delirio ha llevado a los más radicales a ignorar la situación. Han salido a las calles, algunos creen que es una reacción de ira ante la desesperación de su humillación, pero lo más probable, es que sea la negación de la aceptación de la imposibilidad real de sus aspiraciones.

Ahora, los independentistas se encuentran con un problema añadido, que los seguidores de la CUP y los sectores más radicales en las calles marcan la pauta política, por eso han tenido que desestimar a la primera de cambio las pretensiones que Junts per Catalunya y ERC tenían el pasado domingo y que consistían en nombrar un presidente de la Generalitat después de Semana Santa, ante el vacío de poder que abría la detención de Puigdemont.

Con ello completan la tercera condición médica requerida para la calificación de delirio: no hay nada más extemporáneo que intentar nombrar al Sr. Puigdemont, justo ahora que está detenido.

Algún especialista podría argumentar que solamente se delira no por llegar a una convicción extravagante, sino por llegar a ella de una manera ridícula. A la mayoría no nos cabe duda de que así ha sido, alguno diseñó un relato político para salvarse de el quema electoral en plena crisis económica, para otros resultó ser una auténtica revelación.

En todo caso, sea o no una patología psicológica más o menos contagiada y contraída, ya va siendo hora de que el espectáculo concluya, porque al final algunos daños van a terminar siendo irreparables. No es menos importante que vayamos pensando en cómo vacunar para que, una vez resuelta esta crisis, la segregación y el separatismo sean historia.