Opinión

Los apuros de Rivera

Tiempos duros para Albert Rivera. Las últimas semanas han sido –están siendo– convulsas para Ciudadanos. Todo aquello que podía torcerse se ha convertido en figura churrigueresca. Posiblemente el líder de Cs, cuando mire con perspectiva lo ocurrido, podrá afirmar que el último mes ha sido uno de los más erráticos de su carrera. Días marcados por los bandazos, por el sonoro pucherazo de su apuesta por Silvia Clemente, ex política del PP, para Castilla y León, por fichajes preocupantes que en demasiadas ocasiones han sacado de quicio a su parroquia, por la renuncia a algunas banderas, por las perspectivas incumplidas, por movimientos arriesgados como los vetos al PSOE y, como remate, por la pérdida de influencia en la agenda política.

Como consecuencia, los naranjas han retrocedido en intención de voto hasta situarse en sus propias encuestas en poco más del 13%, y cayendo, lo que supondría obtener 36 diputados: es decir, ahora mismo juegan si acaso por empatar con los representantes que tuvieron en las últimas generales. Pero aún más alarmante resulta el bajo índice de fidelización de sus votantes: apenas un 50% está decidido a volver a apostar por ellos. Naturalmente, la figura de Rivera ya está siendo contestada internamente. Algo muy significativo, porque Ciudadanos ha funcionado hasta ahora como una suerte de Sociedad Limitada cuyo consejero delegado ha tomado todas las decisiones sin que nadie nunca osase contradecirle. Para bien o para mal.

En buena medida, a ojos incluso de los naranjas más fieles, ha sorprendido la falta de reacción del líder ante lo que se les ha venido encima. Quizá su cortoplacismo, tantas veces alabado y engrandecido como «olfato», o el apego a las encuestas como guía de acción, le han podido conducir a la situación de inestabilidad, de impotencia frente a las piedras en el camino. En las mismas filas de Cs ha empezado a instalarse una incómoda sensación de descontrol, hasta de desánimo, porque los evidentes intentos de Rivera por recuperar terreno no dan resultado. Golpes de efecto como el salto de Inés Arrimadas a la política nacional, no han tenido hasta ahora la buscada proyección ni han servido para cambiar el signo del declive. Incluso cayó mal y recibió críticas desde dentro, porque su labor en el Parlament de Cataluña se veía prioritaria en la situación excepcional que vivimos, y además le aportaba a ella misma y a Ciudadanos una legitimidad exportable al resto de España sin necesidad de apartarla de su cometido.

La incorporación de Marcos de Quinto, ex vicepresidente mundial de Coca Cola, ha baqueteado el listón de la ejemplaridad. En paralelo, el experimento de atraerse figuras de renombre, como el abogado del Estado Edmundo Bal, ha obligado a desplazar a puestos secundarios en las listas o como «cuneros» a la misma guardia de corps de Rivera, que está por ver que logren escaño. Calculadora en mano, y en liza con otras cuatro fuerzas, la operación de situar a José Manuel Villegas como cartel por Almería o a Marta Rivera de la Cruz por La Coruña es de alto riesgo. Igualmente, la apuesta de llevar a Toledo a Juan Carlos Girauta para dejar sitio en Barcelona a Arrimadas ha sido para muchos un jarro de agua fría. Ciudadanos ha decidido jugársela al papel de defensor de la unidad de España, lo cual lo deja al albur de los acontecimientos y en una evidente competición con PP y Vox. A cuatro semanas de las urnas, la ley de Murphy para referirse a la situación naranja es un clásico en las conversaciones de los suyos.