Opinión

La Academia de Ciencias Militares

Días atrás se celebró en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, el acto de presentación de la recientemente constituida Academia de Ciencias y Artes Militares, cuyo lema «Scire, Cognocere, Invenire» pretende sintetizar su propósito, que no es otro que fomentar la cultura militar, así como impulsar el conocimiento de las actividades literarias, artísticas y científicas relacionadas con la Defensa. Se pretende poner en valor la contribución de las Fuerzas Armadas a la sociedad española, compartiendo el enorme caudal de conocimiento científico, técnico y artístico atesorado durante siglos. Por ello, la Academia se fija como aspiraciones, conocer y divulgar el pasado, analizar el presente y ayudar a descubrir el futuro de las ciencias y las artes relacionadas con los Ejércitos y la Armada. Objetivos todos ellos que, desde el más estricto punto de vista académico, resultan ser muy plausibles.

La idea de crear una Academia de Ciencias Militares se remonta casi 200 años atrás, cuando en 1834 Santiago María Pascual presentó a Isabel II un «Proyecto sobre el establecimiento de una Academia Científica Militar» a semejanza de las existentes en otros países europeos, muy especialmente la Academia de Ciencias Militares de Suecia, fundada en 1786, y a la que perteneció el teniente general e ingeniero Don Antonio Zarco del Valle y Huet, quien también fue miembro fundador de la Real Academia Española de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en 1847 y su primer presidente. El proyecto de Santiago María Pascual fue obviado y «por Real Orden de 8 de mayo, se dignó S. M. darle las gracias, mandando que pasase al Ministerio de la Guerra, recomendándole para ascensos y destino con arreglo a sus conocimientos»

El deseo de los militares ilustrados no pasó de ahí, hasta que el insigne tratadista militar, por entonces capitán de Infantería, Don Francisco Villamartín, defendió en 1861 la creación de una Sala Militar en el seno de la Academia de Ciencias Francesa, alegando la existencia de una «ciencia militar» y que esta fuera el objeto de análisis y estudio en tan acreditado centro. En su opúsculo «Napoleón III y la Academia de Ciencias Militares» expone con brevedad, pero con brillantez, las muy convincentes razones por las que decide darle publicidad a su pensamiento.

Hoy día, dada la complejidad y tecnificación de todo lo relativo a la milicia, es un tema superado. La existencia de una «ciencia militar» está fuera de toda discusión, y lo que ahora es objeto de análisis es su verdadera naturaleza. Hay quien considera, y creo que con razón, que las ciencias militares son estudios de ciencia, tecnología y sociedad (las denominadas ciencias CTS), es decir, estudios sociales de la ciencia y de la tecnología. Actualmente, la ciencia y tecnología militar no se concibe sin los correspondientes estudios sociales, jurídicos, económicos y sociológicos.

En efecto, dentro de la ciencia militar se incluyen muy diferentes disciplinas y no una sola. Estas disciplinas abarcan desde la ingeniería a la psicología, desde la estrategia a la logística, desde la aviación al arma submarina... Es tal la complejidad y extensión de la «ciencia militar» actual que algunos analistas consideran que las ciencias militares no son ciencias ni multi ni pluridisciplinares sino que son ciencias «transdisciplinares», ya que los estudios sobre defensa y seguridad exigen la interrelación e intersección de las diferentes disciplinas que lo componen, lo que a su vez provocan múltiples visiones simultaneas del objeto de análisis: lo militar. La ciencia militar no es un simple agregado de disciplinas inconexas entre sí. De ahí que podamos ver académicos militares que además son ingenieros, historiadores o geógrafos, todos unidos por el afán de análisis y estudio de lo militar. Esta puede ser la razón por la que no resulte extraño el interés del militar por otras ciencias o artes.

Me permito la licencia de recordar, por su general olvido, a dos miembros del Arma de Caballería que fueron directores de la Real Academia Española de la Lengua, el general Don Juan de la Pezuela y Ceballos, conde de Cheste, que fue elegido el 2 de diciembre de 1875 y reelegido otras diez veces, la última en 1905; y el coronel Don Ángel Saavedra, más conocido como el Duque de Rivas, quien fue elegido el 20 de febrero de 1862 y ocupó el cargo hasta su muerte en 1865. Estos dos casos son una simple anécdota en comparación con los cientos de militares ilustres e ilustrados que compatibilizaron la carrera de las armas con una brillante y fecunda carrera científica, literaria o artística, muchos de los cuales fueron miembros de las diferentes Reales Academias. Ejemplos de ellos, sin ánimo de ser exhaustivo, son el mismo Francisco Villamartín, José Almirante, Martínez Campos, Zarco Del Valle, Mathé Aragua, Coello de Portugal, González Hontoria, Balmis, Janer Robinson, Frade Merino, Gómez de Arteche, Cervera Baviera, Marva y Mayer, Blázquez y Delgado-Aguilera, Ibáñez e Ibáñez de Ibero, Mier y Miura, Pagés Miravé, Luis Vidart, Fernández Duro, Herrera Linares, Diez Alegría, Salas Larrazábal, Cadalso, Ramón y Cajal, Isaac Peral, o el mismísimo Antonio Mingote, y tantos otros imposibles de nombrar por razón de espacio.

Todos ellos y otros muchos más, son el prestigioso y admirable precedente de la Academia de Ciencias Militares y Artísticas que acaba de ver la luz para el progreso y el bien de España.