Contra la España enfrentada
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Los frentes no traen nada bueno. Sólo desastres. Lo sabemos aquí por experiencia, una experiencia amarga, que aún persiste en la memoria. Los frentes conducen inexorablemente al enfrentamiento. En la inauguración de esta conflictiva legislatura, amenazada por la dispersión y la discordia, el Rey ha advertido oportunamente contra esa forma estéril y dañina de hacer política. «España no puede ser de unos contra otros, debe ser de todos y para todos». Esta frase regia figurará, con letras doradas, en la puerta de entrada de este curso político.

La alianza de partidos que conforma o sostiene al presente gobierno aparece, salvando las distancias, con las características de lo que en el fracasado régimen de la República se conoció por Frente Popular. Y no faltan los que pretenden oponer a él una especie de Frente Nacional, que los menos radicales llaman Frente Constitucional. Me parece que Felipe VI ha querido salir al paso, veremos con qué éxito, de esta vuelta al frentismo, a esa anticuada y estúpida manía de dividir a los españoles en dos bandos irreconciliables: rojos y azules, alimentando el drama de las dos Españas, capaces, cada una de ellas, de helar el corazón.

A este rebrote de la intransigencia ha contribuido últimamente el nacimiento de fuerzas radicales de izquierda y de derecha y, sobre todo, la montaraz actitud de los soberanistas catalanes y vascos, que reniegan de la Constitución, de la Monarquía y de España. Ayer mismo lo pusieron ostentosamente de manifiesto en la solemne apertura del curso político con el correspondiente plantón. En cualquier país democrático de nuestro entorno europeo, los partidos que rechazan, como su principal objetivo y razón de ser, el ordenamiento constitucional, la autoridad del Jefe del Estado y la unidad nacional no tendrían reconocimiento legal. No deja de ser chocante y hasta pintoresco que encabece la manifestación contra el Rey en el Congreso un tal Rufián, diputado de ERC, el mismo que se ha convertido en el interlocutor privilegiado del Gobierno socialista y del que dependen los Presupuestos del Estado y la permanencia en el poder del presidente Sánchez.

Entre los detalles alentadores del acto inaugural de la Legislatura, que contrasta con el desplante antimonárquico de los anteriores, hay que apuntar la correcta actitud de los ministros de Podemos, que han aplaudido por primera vez el discurso del Rey, aunque su «conversión» no ha sido seguida con el mismo respeto institucional por una parte de sus correligionarios. En todo caso, el comportamiento de Pablo Iglesias y compañía

Alienta la esperanza de que puedan superarse los enfrentamientos y mantenerse el «régimen del 78», felizmente vigente. Es, me parece, el primer signo positivo de este gobierno de coalición. El Jefe del Estado lo ha dejado claro: «La Constitución es el lugar de encuentro de los diferentes modos de sentir España». También ha recordado oportunamente que, de acuerdo con la Constitución, el Rey es el símbolo de su unidad y permanencia.