“Landelino Lavilla”

El hilo conductor de este jurista fue servir a la sociedad y mantener esos sólidos principios del humanismo cristiano que siempre le acompañaron.

La opinión de Francisco Marhuenda.
La opinión de Francisco Marhuenda.La Razón

Antes de esta crisis había quedado con Landelino Lavilla para vernos y pedirle su opinión y ayuda, aunque me había adelantado que contara con él. En una ocasión anterior había hecho lo mismo. Como no era urgente y andaba de médicos se pospuso el encuentro y desgraciadamente no podré verle con Tomás. Le conocí en los tiempos de la UCD cuando militaba en las Juventudes y él era unas de las figuras más importantes del partido y, sobre todo, uno de los grandes protagonistas de la Transición. He sentido siempre una gran admiración por su extraordinaria capacidad como jurista, la firmeza de sus principios y su calidad humana. Era muy amigo de Íñigo Cavero, que fue mi director de tesis, y de Tomás Zamora que han sido para mí como unos hermanos mayores. Íñigo, con quien compartí tantas comidas los viernes durante años acompañado por Tomás, nos abandonó en el 25 de diciembre de 2002 y pocos meses después, el 3 de abril, fallecía mi padre. Es triste cuando gente buena nos deja, aunque sea el ciclo de la vida. Íñigo, Landelino y yo éramos miembros de la Asociación Católica de Propagandistas, fundada por el cardenal Herrera Oria y el padre Ayala. Ellos tres eran grandes amigos y ocuparon diversas responsabilidades durante la Transición y en años posteriores. Y, además, excelentes juristas.

Landelino ostentó algunos de los cargos públicos más importantes del país durante su dilatada carrera como servidor público. Lo hizo de forma ejemplar. Ni una sola crítica en un país desgraciadamente tan radicalizado. Fue, además, un gran presidente de la Academia de Jurisprudencia y Legislación. El hilo conductor de su vida fue, precisamente, el servir a la sociedad y mantener esos sólidos principios del humanismo cristiano que siempre le acompañaron. Se ha ido un hombre bueno cuya carrera profesional, política y, por supuesto, su vida personal nos han de servir de ejemplo. Es el prototipo de esos políticos generosos y bien formados de la Transición, como Íñigo, que lo dejaron todo para asumir responsabilidades públicas. No les importaba ni el dinero ni la vanidad, sino que acudieron prestos a trabajar por España y los españoles. Nos deja su recuerdo y su familia puede constatar con satisfacción en estos momentos tristes la admiración que despierta. Mi buen amigo Tomás y yo no le podremos visitar en el Consejo de Estado, pero se ha ido con la cabeza alta alguien que fue un político honrado, eficaz y ejemplar y con la humildad de un cristiano que pasa a una mejor vida donde obtendrá el merecido descanso.