Normas

Ya en la definición de la palabra está su debilidad: término que proviene del latín y significa ''escuadra''

Llevo una larga temporada intentando ceñirme a normas de todo tipo. Normas desde los gobiernos, normas en el lugar de trabajo, normas para entrar en los establecimientos, normas para sentarme en un terraza, normas para miccionar en un retrete público. Estoy hasta el moño de las normas. Porque aunque creo que tiene que haberlas para entendernos, muchas, muchísimas de las veces, los que las imponen son tan absurdos como sus normas, y los que tienen que hacerlas cumplir se sienten tan encantados de su pequeño poder, que las hacen absolutamente intolerables.

Ya en la definición de la palabra está su debilidad: término que proviene del latín y significa «escuadra». Es una regla que debe ser respetada y que permite ajustar ciertas conductas o actividades. Regla, escuadra, ajustar conductas, suena demasiado marcial y agresivo. En realidad, las normas son las armas que utiliza el poder para ejercerlo. Si ese poder lo tuviese un sabio o una sabia, o, al menos, alguien con la cabeza equilibrada, espíritu reflexivo y sentido de comunidad, la norma podría concebirse. Pero no es así, y los que sueñan con establecerlas lo suelen hacer con criterios mezquinos.

Ahora con la pandemia nos tienen locos a normas; ahora pueden salir, ahora no. Ahora diez, ahora seis, ahora la estadística dice tal. Y los cumplidores bregándonos a contradicciones. Aquí hay que ponerse gel, aquí no. Aquí no se puede sentar, aquí sí. Aquí no hay probadores, aquí mañana. O la respeta, o yo, el más tonto del pueblo le denuncio, que las multas están para eso, para que se cumplan las normas. Con escuadra y cartabón y ajustando conductas. Pues lo siento, pero yo las normas idiotas me las salto.