Vacuna catalana

Villar LópezEFE

La llegada de la vacuna nos augura que hay algo en lo que el año a punto de empezar mejorará el maldito 2020, del mismo modo que el anunciado compromiso del gobierno con la construcción de un armazón legal para modernizar la Corona permite vislumbrar con algo más de claridad el final del pintoresco y elitista debate sobre Monarquía o República. Queda todavía pandemia para rato, deficiencias en la Atención Primaria o agotamiento en los sanitarios, y quedan también recalcitrantes antisistema absorbidos por el sistema que seguirán dando batalla, pero muerden con dientes más romos y cuentan con menos fuelle del que cabía esperar no hace mucho. Cito a la par ambos casos no porque me parezca que merezcan la misma consideración, que obviamente no –el virus se está llevando por delante la vida de decenas de miles de personas en España, lo otro sólo el prestigio de un puñado de vociferantes con mando en plaza–, sino porque han sido los dos asuntos que en los últimos meses del año más parecen haber despertado el interés de los partidos de gobierno y ocupado espacio y tiempo en los medios de comunicación.

Queda libre el camino para volver a la casilla en que lo dejamos todo. Y el propio presidente Sánchez ya lo fue ayer anticipando: ahí está Cataluña y el problema sin resolver. Ante su comparecencia pública de ayer tuve una inesperada y salmantina evocación: me sonó a un «decíamos ayer», su referencia a la necesidad de reconciliación y reencuentro en Cataluña, y sus imprecisiones a la pregunta sobre los indultos. Que vendrán, ya lo ha anticipado Carmen Calvo; vendrán, aunque Sánchez no quisiera mojarse.

En los momentos más duros de la recesión de 2008 Nicolás Sarkozy hizo un dramático llamamiento a refundar el capitalismo. Hoy está siendo juzgado por corrupción, y aquí nadie ha refundado nada. La pandemia debió haber sacado lo mejor de nuestra elite política para afrontar juntos el severísimo compromiso de hacerle frente. Todos, cada cual en su castillo, llamaban a la unidad; pero en realidad lo que han hecho es levantar torres más altas y ahondar las diferencias. Ha tenido que ser la demonizada industria farmacéutica la que termine solucionando el problema aportando armas para la batalla final. Oportunidad Perdida.

Vuelve así Cataluña a la primera fila de la escena casi casi donde la dejamos ayer, sin que la élite política haya hecho sus deberes.

Se adelantó el teletrabajo, se aceleró el proceso tecnológico, la devastación económica llevó a patronal, sindicatos y gobierno a darse la mano mirando al horizonte del bien común. Pero no ha habido ningún otro escenario de la política donde se haya visto coraje o responsabilidad. Y si cabía esperar más larga mirada desde la oposición, habrá que concluir que la responsabilidad principal es del gobierno y su presidente Pedro Sánchez. Ningunear a la oposición mientras le pides responsabilidad y acuerdo, jugar con el adversario y hasta el conmilitón para merendártelo cuando cree que lo invitas a cenar, dificulta mucho las renuncias que requiere el compromiso.

Vuelve Cataluña a escena, regresa al comentario en los papeles y tertulia. Y para que no quepa duda de que aquí tampoco ha cambiado nada, ahí están los puristas que claman sangre porque la primera vacunada en su republiqueta no parlaba catalá.