Piketty, o el socialismo adjetivado

Pero, dado lo que sabemos sobre el socialismo, dada la catástrofe comunista ¿de dónde se ha sacado Piketty que el problema es el capitalismo?

En su último libro, “¡Viva el socialismo!”, Thomas Piketty cuenta que nació en 1971, con lo que “pertenezco a una generación que no tuvo tiempo de dejarse seducir por el comunismo y que se hizo adulta constatando el fracaso absoluto del sovietismo”. Como si fuera una cuestión de tiempo y no de ideas, valores y principios. Ahora bien, que nos quede claro, aquí el problema no es el socialismo sino el capitalismo, es decir, lo que han dicho todos los izquierdistas desde Marx.

Pero, dado lo que sabemos sobre el socialismo, dada la catástrofe comunista ¿de dónde se ha sacado Piketty que el problema es el capitalismo?

Él sabe que no se puede defender el anticapitalismo a secas. Y aquí es cuando despliega sus mejores talentos para la ficción. Una muestra: “el hipercapitalismo ha ido demasiado lejos”. Observe el prefijo y observe que no quiere acabar con el capitalismo sino con este capitalismo: “el sistema capitalista actual no tiene futuro, ya que profundiza en las desigualdades y agota el planeta”. Curioso: parece describir el comunismo, que ese sí demostró que no tenía futuro, hipertrofiaba las desigualdades y arrasaba con el medio ambiente.

Esto es lo que propone: “hay que pensar en la superación del capitalismo, en una nueva forma de socialismo, participativo y descentralizado, federal y democrático, ecológico, mestizo y feminista”. ¿Por qué el socialismo ha de rodearse de tantos adjetivos?

Pues, precisamente, porque el socialismo es cada vez más conocido, tiene un extenso pasado empobrecedor y opresivo. Por lo tanto, sus partidarios deben encubrirlo, revistiéndolo de banderas atractivas que justifiquen la usurpación de la libertad de las mujeres y los hombres. Y en ello están, pero con cuidado, como lo hace Piketty, que ni siquiera afirma que la palabra socialismo sea perdurable, aunque “puede salvarse, y de hecho sigue siendo el término más apropiado para designar la idea de un sistema económico alternativo al capitalismo”.

La desesperación ante la libertad es tal que le lleva a ignorar sus propios diagnósticos. Ya tiene que reconocer que “las desigualdades se han reducido considerablemente desde una perspectiva de largo plazo”, beneficiando a una creciente clase media. Pero da igual, y concluye con inquietantes ecos maoístas: “la larga marcha hacia la igualdad y el socialismo participativo está bien encaminada”.