13 rosas y 14 monjas

Quienes emiten y festejan así no son doloridos parientes, sino enfervorizados militantes, ansiosos de señalar culpables y perpetuar divisiones, sobre todo para lograr votos frescos

Jesús G. FeriaLa Razon

Cantar, bailar, celebrar, son formas de reconocerse unidos. El mundo es un mapa de identidades trazado por danzas africanas, procesiones guadalupanas, bailes derviches, poemas persas, fiestas del dragón. Desde pequeña he tenido la impresión de que los españoles celebramos por bandos. Los que festejan San José no celebran el 1 de mayo, aunque todos hablen de trabajo. Los que se alegran el Día de la Mujer, se abstienen en las fiestas de la Virgen, que es la mujer por excelencia. Hay quien recuerda a España el 12 de Octubre y quien prefiere hablar de patria el Día de la Constitución. Por eso me preocupó tanto la andanada de mensajes en las redes el pasado 5 de agosto, en memoria de las llamadas Trece Rosas, las muchachas inocentes fusiladas por los nacionales justo al terminar la Guerra Civil. No porque me parezca mal su recuerdo, sino porque era unilateral e iba seguido de otra leva de leitmotivs recordando a otras mujeres asesinadas, pero en este caso por los rojos, por ejemplo las catorce monjas de la Inmaculada Concepción violadas y torturadas entre julio y noviembre del 36. ¿Qué sentido tiene todo esto? Dudo mucho que las chicas asesinadas en el 39 o las religiosas que cayeron en el 36 aprobasen semejante festival. Quienes emiten y festejan así no son doloridos parientes, sino enfervorizados militantes, ansiosos de señalar culpables y perpetuar divisiones, sobre todo para lograr votos frescos. Me pregunto si alguna vez podremos convertir las aulas en espacios para amar a las milicianas y las monjas por igual. Para reclamarlas a todas hijas nuestras, maltratadas y muertas por la guerra civil. Nuestra geografía está cosida de muertos cosechados al calor del odio. Muchos tan ajenos a la culpa como las Trece Rosas o estas religiosas. Cuando era joven percibí con sufrimiento esta forma fragmentada de celebrar y recordar. Pensaba entonces que el tiempo borraría las heridas. Ahora sé que el tiempo se nos da para construir, sin embargo requiere nuestra libertad para vindicar como propias a todas, rosas o monjas, o seguiremos festejando solos y estériles.