El precio de la mesa
Con esas exigencias previas no hay mesa de diálogo que resista
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Comienza el nuevo curso político con algunos signos positivos: cede la pandemia, después de varias olas sucesivas, con la vacunación casi a tope; se reactiva con fuerza la actividad económica como si aquí no pasara nada, y parece que pierde fuerza el movimiento secesionista catalán, con divisiones internas y síntomas de agotamiento del «proceso» y cansancio de la población. En este marco general, algo más propicio, se inaugura la prometida mesa de diálogo entre el Gobierno español y la Generalidad de Cataluña. En realidad, se trata de un intento de suavizar tensiones y de asegurar el apoyo de ERC al Gobierno de Pedro Sánchez. El lunes, cuando escribo, no se conoce ni el orden del día ni la formación de la mesa, y desde el núcleo duro del independentismo llaman a Oriol Junqueras, cerebro de todas las operaciones, y a su discípulo aventajado, Pere Aragonés, «botiflers», o sea, traidores.

Esto da idea de las complicaciones que se adivinan para un diálogo franco y provechoso. El presidente del Gobierno de España depende para seguir en La Moncloa y, desde luego, para sacar los Presupuestos adelante del apoyo de los susodichos Junqueras y Aragonés, que a cambio le exigen de entrada, para que no digan los de Puigdemont, autodeterminación y amnistía. No se andan con chiquitas. Con esas exigencias previas no hay mesa de diálogo que resista, como ha advertido Iceta, uno de los componedores. El resto de las Comunidades españolas, especialmente las de la España despoblada, sin olvidar a Madrid por razones distintas, están muy alerta justo cuando se acerca la hora del reparto de fondos europeos. No van a resignarse en silencio a que el fruto de la mesa de diálogo sea un trato privilegiado a Cataluña. «Barones» socialistas y populares coinciden en esto. Saben que los interlocutores de Sánchez no se van a conformar con cualquier cosa. Ni siquiera con la ampliación a toda costa del aeropuerto de Barcelona. Saben que la pervivencia del Gobierno de coalición tiene un precio.

Esto a su vez tiene un precio político en el resto de España. No es seguro que el valor de lo que cobre Pedro Sánchez en esta oscura y difusa negociación –la continuidad por un tiempo en La Moncloa– le compense del precio que pague por ello. Pero puede que todo quede, como dice Imanol Irigoien, en «dos quietos personajes alumbrando el paisaje en un diálogo de silencios».