Vivienda

A grandes pasos, se va legalizando la okupación: el Estado deriva así en el ciudadano la responsabilidad de proveer alojamiento a los más necesitados.

FOTO: A. Álvarez EFE

Hay un grave «problema de vivienda», dicen, aunque tenemos una España rural desocupada, de ganga, que en gran medida se está cayendo a pedazos. Pueblos preciosos que, con buenas carreteras, trabajo y medios de transporte adecuados, podrían cobrar vida, descongestionando a las grandes urbes. Pero incluso algunas capitales de provincia empiezan a ser parte del vacío rural, envejecido y descuidado. Las leyes de vivienda que vienen prometen poner freno al precio de lo que llaman espacios «tensionados» que es una manera eufemística de denominar a las zonas «premiun», donde todos quieren vivir, porque la tensión está en los barrios pijos, céntricos, no en los arrabales del precariado, donde ni alquiler ni venta sufren tensión alguna. Está en el núcleo central de Madrid, donde hay «marcha» y una enorme variedad de ocio y diversión. Ahí los precios sufren «tensión» porque hay demanda. La tensión se suele producir sobre un cuerpo «sometido a fuerzas opuestas que lo atraen», y eso es lo que ocurre con los pisitos del viejo Madrid, muchos de ellos ubicados en corralas con más derramas que el Prestige, y menos ventilados que una letrina de cuartel en pandemia, que sin embargo siguen siendo objeto de deseo para una juventud que cada vez más se siente atraída por las oportunidades de las grandes ciudades y solo vuelve al pueblo cuando se jubila. Y ahora, ni siquiera eso, porque las casas familiares en el ámbito rural se han descuidado durante los tres lustros que llevamos de recesión económica brutal. Por eso, a grandes pasos, se va legalizando la okupación: el Estado deriva así en el ciudadano la responsabilidad de proveer alojamiento a los más necesitados. El Estado del bienestar ya no se ocupa de las necesidades colectivas, sino que «okupa» al ciudadano con propiedades para que tales particulares suministren de su bolsillo los recursos para paliar cualquier necesidad social. Pero la tensión no es igual en todos lados. Obvio: no es lo mismo Palomeras que Chamberí. No es igual hacer el Camino de Santiago que emprender el Camino de Galapagar.