Ven, toma, vey

Antonio y Fernando son rectos y precisos en el habla, como hombres de silencio, acostumbrados a decir lo justo. Son dos de los últimos pastores españoles

Cristina L. Schlichting

«Se nace pastor, porque si tienes que hacerte... mal lo vas a llevar». Antonio Punzano lleva desde los 16 años de pastor, amanece con las albas del día y se acuesta a menudo a medianoche. Está casado, pero se lleva pocas mieles del matrimonio. Ya andaba por las majadas de niño, pero una enfermedad del padre precipitó las cosas y lo puso al frente del rebaño. «En casa, sigo pensando cómo estarán las bestias». Tiene 1400 ovejas y distingue cada una: «¡No hay ninguna igual!» y se ríe de la idea de confundirlas, porque para él son tan diferentes entre sí como las personas. Sus días discurren con una extraña familia formada por ocho mastines, dos pastores alemanes, un collie y un carea, una guardia pretoriana frente a la que los lobos se lo piensan. Una serie de silbidos cortos y alegres bastan para convocarlos, de la misma manera que un sólo pitido seco detiene el rebaño ante un vado prohibido o un desmonte peligroso. Para levantar el campo y ponerse de nuevo en marcha, Antonio silba dos veces corto y una, largo. A Fernando Díez lo pillamos en una parición. La tarea de traer los corderos al mundo es de las más laboriosas, y a menudo son partos gemelares. «¡Ven... toma... vey» es su forma de llamarlas. Tiene 560 de lana y 80 corderas nuevas y en su tribu viven dos careas, cinco mastines adultos y una cría. «Les tenemos aquí, los lobos, y desde que tengo mastines no he tenido ataques». A pesar de ello, no puede evitar algún recuerdo estremecido. «Era un día de niebla y había dejado al vacío (las ovejas sin cría) en el tinado, lejos del pueblo. Se me echó la noche y la niebla cuando volvía y, de repente, la mastina los sintió». La perra clava las piernas y levanta la cabeza, se yergue firmemente. «Los lobos estaban a diez, doce metros, ella lo capta de inmediato. Van varios perros y ahuyentan al lobo. Pero han de ir varios ¿eh? Que el lobo puede poder con un sólo mastín». Hay días de lluvia cerrada –donde apenas se ve unos metros y el rebaño hace quiebros extraños y busca refugios entre matojos– o tormentas repentinas y en todos los casos, pueden aparecer alimañas, perros de caza o perros abandonados, cimarrones dispuestos a todo para comer, que te ponen en un problema. «Por eso he visto a hombres hechos y derechos llorando tras la muerte de un perro como si fuese un familiar». Antonio y Fernando son rectos y precisos en el habla, como hombres de silencio, acostumbrados a decir lo justo. Son dos de los últimos pastores españoles.