Despedida del mar

El ruido y la degradación, el bum-bum permanente de los chiringuitos y la ordinariez son capaces de acabar, si no se pone remedio, con un espacio de ensueño

FOTO: Rober Solsona Europa Press

Me despido del mar y me vuelvo a Madrid, donde la luz no se apaga. Apuro los días de sol y playa en la Dehesa de Campoamor, donde las calles llevan nombres de escritores y poetas. Aquí se instalaron en su día familias de la alta alcurnia madrileña. Así empezó todo. La especulación hizo el resto. Por aquí anduvo, por ejemplo, el almirante Carrero Blanco, que acudía, según me cuentan, con su mujer al cine de verano y después se tomaba un helado en la popular heladería Navia. Y aquí, al rebufo de los gerifaltes del franquismo, empezó su carrera política Adolfo Suárez cuando no era más que un repeinado «chusquero» de Ávila cargado de ambición política.

Hace tiempo que no se ven pescadores donde solían, y en la parte alta, que llaman «Guirilandia», poblada de restaurantes de todas las cocinas, bazares chinos y tiendas turísticas, ya casi sólo se habla inglés. En las alforzas de la selvática ladera oriolana pasan el invierno jugando al golf bronceados jubilados europeos. En el núcleo original de la urbanización, los chalés ajardinados, de distintas categorías, formando círculos entre verdes paredes de arizónicas y floridas buganvillas, conviven ahora con altas torres y suntuosas mansiones; las más espectaculares, de magnates rusos, eso dicen.

Ciertamente es un sitio grato, aunque la especulación y el ecologismo mal entendido lo están degradando año tras año. La gran playa de la Glea está peor que nunca: el mar avanza, la arena mengua, abundan las piedras, hasta el punto de que resulta complicado clavar la sombrilla, y crecen los montones de algas secas, medio podridas, que nadie recoge por imposición de los ecologistas, según comenta la gente bajo las sombrillas. El atractivo de fomentar los espacios salvajes, naturales, –un propósito encomiable– contrasta con el gigantesco parque acuático, de goma y plástico, que ocupa el corazón de la playa: enormes toboganes, patines, atracciones de todos los colores, barcazas, ruidosas motos acuáticas… El ruido y la degradación, el bum-bum permanente de los chiringuitos y la ordinariez son capaces de acabar, si no se pone remedio, con un espacio de ensueño, en el que campan a sus anchas los gatos salvajes. Aún quedan milagrosamente lugares protegidos de alto valor ecológico en lo escabroso de la costa cercana con playas fósiles y plantas singulares. No todo va a reducirse a proteger el tesoro de la posidonia oceánica. Siempre quedará el arroz de Alfonso, una estrella Michelín, el mejor arroz de la costa alicantina. Dicho esto, me despido del mar y me vuelvo a Madrid, donde la luz no se apaga.