Impuestos y gustos

Uno no paga impuestos de manera condicional. No pagamos para que se hagan tal cosa u otra. Pagamos porque estamos forzados a hacerlo

Spanish Film Academy's Goya Awards ceremony in Malaga
FOTO: JON NAZCA Reuters

Declaró a «El País» hace un tiempo el pianista y escritor James Rhodes: «Me encanta pagar impuestos, si no van al hermano de [Isabel Díaz] Ayuso y sí a mejorar la vida de la gente. Mi mujer no entiende nada». Ignoro lo que piensa su mujer, pero sospecho que quien no entiende es don James.

Naturalmente, los progres de «El País» titularon la entrevista así: «Me encanta pagar impuestos». Pero la cuestión fiscal no estriba en los gustos en absoluto. No hay ningún problema con que al señor Rhodes le guste pagar impuestos. De hecho, podría entregarle al Estado mañana mismo todo lo que posee. La clave de los impuestos no es que a él le encante pagarlos, sino que el Estado le obliga a pagar a mi vecina. Tanto la obliga que, si ella no paga, puede terminar en la cárcel. Este es el verdadero problema de los impuestos, que tantos biempensantes ignoran. Naturalmente, los progres de «El País» no preguntan nunca al señor Rhodes, ni a nadie, lo siguiente: «¿Le encanta a usted que su vecina sea obligada, bajo pena de prisión, a pagar impuestos?».

Además de la referencia al hermano de Isabel Díaz Ayuso, que no cometió ninguna irregularidad, afirma Rhodes que le gusta pagar impuestos «si» mejoran la vida de la gente. Pero uno no paga impuestos de manera condicional. No pagamos para que se hagan tal cosa u otra. Pagamos porque estamos forzados a hacerlo. Asimismo, si el gasto público mejora la vida de la gente, el mismo razonamiento nos llevaría a concluir que esa vida empeora cuando la gente se ve obligada a pagar los impuestos que sufragan ese gasto. No verá usted este análisis en los medios, ni en ninguna parte.

Por fin, la entrevista brinda indirectamente una información muy valiosa, y es que el señor James Rhodes utiliza el dinero que le queda después de pagar impuestos para una excelente labor: una fundación que protege a las víctimas de abusos a la infancia y a las personas mayores solas. Ese hecho, de por sí, demuestra que las personas podemos hacer por nuestra cuenta la misma labor asistencial que el Estado da por sentado que no podemos hacer, y que por eso es necesario que nos quite lo que es nuestro mediante los mismos impuestos que a don James le encanta pagar.