Aquí estamos de paso

Cavadas

Algunos le llaman doctor Milagro, pero es simplemente un tipo que un día decidió poner su técnica y empeño, su enorme solvencia y prestigio internacionales, al servicio de la solidaridad

Cuando Mandóo tenía cinco meses se abrasó el pie derecho en la hoguera de su «boma», la choza en la que vive con su familia africana Masai. Gateó hasta la lumbre siempre encendida en un momento de descuido de su madre y puso su piececito en las brasas. No le vió ningún médico, y curó la herida con tiempo y la paciencia de siglos de su pueblo. El pie terminó adherido a su tibia desprovisto de dedos, con un muñón alargado sobre el cual nunca pudo andar. Ha gateado sus cinco años de vida. Hasta ahora. Ayer regresó a su aldea, en una remota región del centro de Tanzania, con el pie separado y fijado para que pueda volver a andar. Le queda aún por arreglar la rodilla, machacada por años de gateo sobre los pastos y las piedras de la extensa llanura en la que su gente pastorea, pero esa será la próxima intervención. En el hospital tanzano de Kirurumo, situado en un lugar llamado El Río de los Mosquitos, Mto Wa Mbu en suajili, el doctor valenciano Pedro Cavadas opera desde hace años a hombres, mujeres y niños con malformaciones y problemas que en nuestro país tendrían una solución quirúrgica relativamente sencilla y aquí son imposibles. Y condicionan y dificultan toda su vida. Algunos le llaman doctor Milagro, pero es simplemente un tipo que un día decidió poner su técnica y empeño, su enorme solvencia y prestigio internacionales, al servicio de la solidaridad, y media docena de veces al año regresa al hospital que mira a la reserva de Manyara, para operar, curar y hacer seguimiento de los casos que pasan por sus manos. Cuando alguno se complica demasiado, su Fundación lleva al paciente a España y le aloja y opera en Valencia por el mismo precio que en Tanzania: su propio esfuerzo. Y el de su equipo. He visto trabajar en el Río de los Mosquitos, en esa habitación que hace de quirófano, a Cavadas junto a Lidia, la enfermera que prepara y mueve el material quirúrgico esterilizado, a Rocío, la anestesista que mantiene las constantes vitales de los pacientes, a su colega Mariel. Operan sin descanso desde el amanecer hasta que la noche hace difícil seguir la cirugía porque la concentración de insectos sobre la linterna del cirujano –obviamente no hay luz de quirófano– hace imposible ver nada además de arriesgar la asepsia.

A las intervenciones asiste John, un estudiante de medicina al que la Fundación de Cavadas está pagando la carrera. Con una condición impuesta por el propio cirujano: cuando termine dedicará su conocimiento al bien de la comunidad.

Dice Cavadas que invertir en educación es mucho más generoso y eficaz que solucionar los problemas puntuales de cirugía. Pero él hace ambas cosas. Con el mismo encono profesional y compromiso personal.

Llevo una semana aquí viéndolos trabajar y recogiendo en imágenes y testimonios las hebras de este esfuerzo inmenso y generoso. Una semana en la que la lejanía del run run social de la España ruidosa y fragmentada resulta enormemente práctica para recolocar ideas y preferencias. En unos días volveremos. No sé si cambiados. Pero, seguro, siendo algo más capaces de valorar las relaciones humanas francas y sin contaminar.

Acaso viendo todo esto que transita por las páginas donde hoy se sitúa este extraño artículo, desde la distancia serena de la certeza de que lo importante, lo que nos hace singulares y mejores, no pasa por ellas muy a menudo.