Agosto en el pueblo

La Razón
La RazónLa Razón

He vuelto al pueblo como cada año por estas fechas. Es un obligado cambio de perspectiva. Desde este valle entre montañas se vuelven insignificantes los asuntos políticos que airean los telediarios. También se comprueba inmediatamente que los tentáculos de la vida ciudadana van ganando terreno y asfixiando la milenaria cultura rural. No hace mucho este pueblo estuvo poblado de vacas, y ahora, de coches. La mayoría son de los veraneantes que vienen al calor de las fiestas patronales. De año en año, sólo aumentan aquí los pobladores del cementerio. Salta a la vista el abandono de los poderes públicos ante semejante decadencia y ante el creciente desequilibrio de las «dos Españas»: la superpoblada de la periferia y Madrid y la despoblada del interior, con inmensos espacios desérticos. ¿Quién se ocupa de la ordenación del territorio?

El cielo ha amanecido cubierto, no estorba el jersey, ni la manta en la cama. El tiempo se hace lento como el paso de los bueyes. Por la Virgen se inicia en estas tierras altas de Soria, de cortos veranos y largos inviernos, el cambio de ciclo. Asoma ya las orejas el otoño y, con estas primeras lluvias, no tardarán en aparecer en las eras los espantapastores. Hasta que llegaron las máquinas, una vez recogida la cosecha y con el tempero de estas primeras lluvias, saldrían ya las yuntas calle abajo arrastrando el arado hacia la barbechera. Hoy son los tractores. El eterno ciclo de las estaciones se repite sin fin, inexorablemente. En muchos pueblos como éste, la Virgen y San Roque son las fiestas patronales. Suena la música, sacan a los santos en procesión, se pone baile en la plaza. Las ruidosas verbenas se prolongan hasta la madrugada. Con las fiestas y los que llegamos de fuera, en agosto reviven los pueblos. Hasta los que llevan muertos mucho tiempo. Es una efímera liberación. Pasado agosto, volverá a cubrirlos una capa de silencio y de soledad. Y no faltarán curiosos que viajarán a contemplar la magnificencia de las ruinas.