Ante la prueba diabólica

Una crisis económica brutal está socavando los cimientos de nuestra convivencia. El desánimo se transforma en indignación y ésta, en pretexto para despejar responsabilidades propias endosando a los demás la razón de nuestros males. La corrupción amenaza ser el detonante de una situación explosiva. Necesitamos culpables. Y los necesitamos ya. Que rueden cabezas. La del Rey la primera. Y después todas las demás. Sin paciencia ya para el contraste sereno de una realidad compleja. Avanzamos en un proceso autodestructivo inquietante. Desdeñando el matiz, propensos a la corrosiva generalización, sin brújula para orientarnos entre tantas verdades que parecen mentiras y no menos numerosas mentiras que parecen verdades. Nos basta una escena para dar por vista la película entera. Suplimos la lentitud de la justicia a golpe de titular, con la tertulia alborotada como fiscal y la habitual «pena de telediario». Motivos de sobra nos han dado para dejar de creer y ahora cualquier sospecha la procesamos como certeza. Por eso cuesta entender que la Casa Real no haya cedido a las presiones para condenarlo de antemano y mantenga en su cargo al secretario de las Infantas mientras no exista un cargo contra él. Por eso también algún medio se permitía ayer titular que la contabilidad de Bárcenas «prueba los sobresueldos a la cúpula del PP». A la espera de lo que verdaderamente prueben, lo cierto es que un presunto delincuente acorralado por la ley y con la cárcel en el horizonte, sumado a una falta de determinación para romper con él cuando llegó el momento, ha colocado al PP ante la prueba diabólica: demostrar que no hizo lo que muchos dan por hecho que hizo. Pero éstas son las reglas en estos tiempos convulsos. Se equivocará gravemente el PP si convierte la dificultad en excusa en vez de acicate para un decidido ejercicio de transparencia y, si procede, de auténtica regeneración.