Calle 23

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La bomba de la calle 23 estalló junto a la boca del metro F. Es el lugar exacto donde suelo detenerme con un amigo que trabaja conmigo en un documental. Perdí la cuenta de las tardes en las que, después de rodar, hemos charlado precisamente allí, acodados junto a la papelera puesta en órbita por Ahmad Khan Rahami.

Unos metros más allá del lugar del atentado, entre la Séptima y la Octava, está el hotel Chelsea. Manhattan, visto hoy, es la superación inclemente de una bohemia de la que el Chelsea, propiedad de una familia de judíos húngaros durante 70 años, fue uno de sus mascarones. Inaugurado en 1884, en el suntuoso y ajado edificio, mezcla de hotel y apartamentos, han vivido Mark Twain, Édith Piaf, Willie DeVille, Dennis Hopper, Gore Vidal, Robert Mapplethorpe, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Thomas Wolfe, Charles Bukowski, Stanley Kubrick, Henri Cartier-Bresson, Tom Waits, Arthur Miller, William S. Burroughs, Tom Waits, Patti Smith, John Cale, Joni Mitchell, Sam Shepard, Tennessee Williams, Johnny Thunders, Jimi Hendrix, Iggy Pop, Francesco Clemente, Allen Ginsberg, Julian Schnabel, Robert Crumb, Jasper Johns, Willem de Kooning... En una de sus habitaciones tuvo lugar el encuentro entre Janis Joplin y Leonard Cohen que luego el canadiense inmortalizó en «Chelsea hotel #2». Allí escribió Bob Dylan «Visions of Johanna», «Sad lady of the lowlands y Sara», Arthur C. Clarke «2001: odisea en el espacio» y Jack Kerouac «En el camino». Vendido y revendido desde el 2011, el Chelsea agoniza bajo una empalizada de escombros. Sólo resiste un puñado de vecinos, entre ellos mi amigo Gerald Busby, que compuso la banda sonora de «3 mujeres», de Robert Altman. Proyectan reabrir en 2017, transformado en hotel boutique. Yo ya imagino que Rahami desconoce la historia del Chelsea y el simbolismo del lugar donde defecó la bomba. Pero cada vez que un zangolotino que me cuenta lo mucho y malo que han hecho los EE UU me veo obligado a explicarle que el 90% del cine y la música que ama, del siglo XX en adelante, nació aquí. Que en realidad, lo sepa o no el Rahami de guardia, lo comprenda o no el esnob de turno, lo que esa gente odia es eso, esto, esta ciudad forrada de historia, poesía y violencia, el mayor y más exitoso experimento democrático que haya conocido el mundo.

Una isla pegada al Atlántico que ofrecía la lozanía de un tiempo nuevo a los prófugos del hambre, la intolerancia y el miedo. La tierra de promisión que todavía hoy huele al aguarrás de los pintores, a covacha de escritor coronada de humo y a sándwich vietnamita, pupusa salvadoreña, enchilada mejicana, cerdo de Sichuan y pollo tandoori.

La bomba de la 23 tiene un efecto paralizante en la ciudad que dura minutos. No hay dios o delincuente capaz de detenerla.