Europa

Cataluña, ése es el problema

La Razón
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España sangra por el costado de Cataluña. El desgarramiento de la convivencia, con una sociedad partida en dos, dividida y polarizada, como han puesto de manifiesto las últimas elecciones, se ha convertido en el principal problema de España. Por eso el Rey le ha dedicado el núcleo central de su mensaje de Navidad. Es, en efecto, la principal amenaza a la convivencia democrática. El incordio más doloroso y absurdo. El principal obstáculo a la recuperación económica. El nubarrón más oscuro en el horizonte nacional. Ha hecho bien Felipe VI en contrarrestar, de entrada, la sucia propaganda de los secesionistas, certificando la madurez de la democracia española, en la que «cualquier ciudadano puede pensar, defender y contrastar, libre y democráticamente sus opiniones y sus ideas», pero sin imponerlas a los demás. La falta de respeto a la pluralidad, ignorando el bien común, con enfrentamientos y exclusiones lacerantes, ha conducido a la discordia, la incertidumbre, el desánimo y el empobrecimiento.

La aventura separatista, con la pérdida del tradicional buen sentido de los catalanes, se originó aprovechando la crisis económica y la debilidad, en un momento dado, del Estado central. Aquella situación crítica se ha superado, la situación económica mejora, la Corona se afianza, las fuerzas constitucionalistas se unen en defensa de la Constitución, el Gobierno actúa con firmeza y responsabilidad, las empresas se van de la Cataluña nacionalista y, en este reto, se ceunta con el apoyo cerrado de Europa.

A pesar de todo ello, los soberanistas, de la mano de la burguesía catalana, parecen decididos, tras las elecciones del 21-D, a volver a la casilla de salida de la mano de los antisistema de la CUP. Como síntoma de este sentimental empecinamiento político, TV3 ni siquiera ha dado en directo el mensaje del Rey, a pesar de su indudable interés para los catalanes. Le interesan mucho más los mensajes del pintoresco fugado de la Justicia.

Como contraste, la crisis catalana ha servido para despertar la conciencia nacional en España y también en Cataluña, como ha demostrado el hecho de que haya triunfado allí, por primera vez, una fuerza no nacionalista.

Entre unas cosas y otras no se adivina aún una salida razonable al problema catalán, que es el que sigue suscitando más inquietud en la clase dirigente –política, económica y mediática–, incluida, como se ve, la Jefatura del Estado. No tanto en el pueblo llano, que sigue de lejos esta crisis con rabia y con desdén, consumiendo esta Navidad menos cava catalán, pero que está más preocupado, a pesar de que las cosas mejoran, por el paro, por el empleo precario, por las escandalosas diferencias sociales y por la corrupción.

El hachazo a las clases medias y el oscuro porvenir que espera a la juventud continúan siendo asuntos pendientes. El Rey ha tenido en cuenta estas inquietudes populares, que detectan los termómetros de la opinión pública, y se ha hecho eco de las mismas, sin hacer ninguna advertencia esta vez a la conducta de la clase política, un aspecto que ha mejorado a la vista del comportamiento responsable de los principales líderes ante la crisis catalana. En el paisaje de preocupaciones regias no podía faltar la amenaza del terrorismo yihadista, con la tragedia aún caliente de Barcelona y Salou, la defensa del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático, y la lacra de la violencia machista en el hogar.

El contexto y la referencia de la España actual es Europa, que se encuentra, ha dicho el Rey, en «una encrucijada histórica», con la acuciante necesidad de revitalizar el proyecto europeo. Y España debe recuperar en Europa el protagonismo que le corresponde y que ha perdido. No sólo en Europa.

En conjunto, el paisaje nacional en el que se ha movido el discurso regio, desarrollado con exquisita delicadeza en busca de la concordia, ofrece distintos claroscuros.

En general es un panorama luminoso, en el que las cosas tienden a mejorar, con algunos rincones oscuros, ensombrecido todo por el nubarrón de Cataluña, que es la herida abierta en el costado de España y que sigue infectada. Pero no es tiempo de lamentos, sino de mirar hacia adelante. Yo he subrayado esta frase lapidaria del Rey en su mensaje navideño: «No hemos llegado aquí para temer el futuro, sino para crearlo».