Ciclogénesis rojiblanca

La paciencia se disfraza de virtud y aparece el Atlético rampante. Insiste Simeone con la matraca del partido a partido y el seguidor, que no ve molinos de viento porque los gigantes que derriten la hierba son de carne y hueso, despierta cada lunes envuelto en una ciclogénesis rojiblanca empeñada en trasladarle con fuerza huracanada hacia otro mantra: «Muchacho –que diría mi admirado Alvite– los resultados, la intensidad de ese fútbol que no decae ni en 94 minutos ni en 25 partidos, te facultan para cambiar de registro. Atrévete con el título a título. Hazlo».

No le señalan penaltis en contra desde que Popeye probó las zanahorias y no hay que romper la pierna a su delantero para que el árbitro, antes huidizo, ruín y desahogado, taimado como si sólo respirara el oxígeno que le racionaban los grandes, indique el punto fatídico desde donde Diego Costa, ese ariete peor encarado que un central, dispara sin arrugarse, consciente de que puede fallar el tiro. Simeone ha redescubierto a su tocayo. Cuando partió Falcao para instalarse donde Carlo Monte, en Montecarlo, le convenció de que había vida más allá de los goles del colombiano y que, con Villa de regreso al mundo de los vivos, le correspondía cargar con la ilusión atlética. Deseo que ya no es un delirio. De igual manera resulta explícito que los jugadores que en manos de otros entrenadores parecían regulares, en las del «Cholo» son buenos futbolistas, y los buenos, extraordinarios.

Todo ello invita a soñar a la afición rojiblanca que, sin embargo, no se atreve a levantar los pies del suelo por si se parte la crisma. Espera, quizá, doctorarse el 11 de enero en el Vicente Calderón frente al aún invencible Barcelona, y progresar a partir de ahí y de la matrícula de honor que, en dos encuentros consecutivos, le extendió el Bernabéu, y uno era una final. Tiene tanta fe el Atlético en sí mismo que arde en deseos de enfrentarse al Milan.