Cláusula de eternidad

La Razón
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Hace algún tiempo, un gran político y buen amigo, Juan José Lucas, me habló de la cláusula de eternidad y me envío un magnífico artículo suyo, en el que explicaba en qué consistía. En la situación que estamos viviendo, en la que algunos insisten cada día en su objetivo de cometer una inadmisible ilegalidad en Cataluña, es muy conveniente recordar lo que me enseñó el presidente Lucas.

En 1949, solo cuatro años después del final de la Segunda Guerra Mundial, en la que murieron millones de personas y en la que se cometieron las mayores atrocidades, los crímenes más detestables y el genocidio más despiadado, la Alemania derrotada, destrozada y dividida aprobó La Ley Fundamental de Bonn, que no se denominó Constitución porque no era un pueblo libre y unido –los primeros años dividido en cuatro zonas de ocupación–, y además porque se aprobó con un indudable carácter de provisionalidad.

Fueron pasando los años, con acontecimientos históricos para Alemania, como el ingreso en la OTAN, la creación de la Comunidad Económica Europea, la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana, entre otros. La Ley Fundamental ha tenido en estos casi setenta años numerosas modificaciones, pero aquel texto provisional sigue vigente hoy. Todos los artículos se pueden modificar excepto dos, que ni siquiera podrían hacerlo el cien por cien de los parlamentarios. El artículo1–eterno– no hace referencia a la Nación ni al Estado, dice que la dignidad humana es inviolable. Y el artículo 20 –eterno también– dispone que Alemania es un Estado federal, democrático y social. Después de la crueldad sin límites del nazismo y de la locura criminal del horroroso Holocausto Judío, es lógico y muy acertado que se estableciera que jamás volvería a ocurrir ese desprecio ilimitado a la dignidad de las personas, que llegó a arrebatar todos los derechos a los seres humanos, incluido el derecho a la vida. Además, nunca se rompería el carácter federal, democrático y social de Alemania. Nadie, ni siquiera todos, podrá cambiar estos principios.

En España hay muchos asuntos que solucionar, pero algunos se inventan y crean problemas graves donde no los había. Me refiero a los que quieren la independencia de Cataluña e intentan conseguirla ilegalmente privando de sus derechos constitucionales a la mayoría de los españoles. Tampoco se soluciona con ocurrencias, como proponer que España sea un Estado plurinacional. Ni nacionalidad –como ya recoge la Constitución–; ni país –como se ha denominado al País Vasco o al País Valencià–, ni cualquier otra denominación satisfará a los que solo les vale un Estado independiente. Pedro Sánchez tendrá el mismo éxito con el término nación que el que tendría con el de patria chica, ninguno.

En la Constitución española no hay cláusulas de eternidad expresas, pero sin duda las hay: nadie podrá cambiar que los españoles sean iguales ante la ley, ni que todos tengan derecho a la vida, ni que toda persona tenga derecho a la libertad, etc. Esos principios no se pueden suprimir nunca. Lo que sí es posible modificar es el territorio actual de España, y, por supuesto, también que alguna parte de ese territorio pueda ser independiente. Pero lo que no se puede cambiar es que la decisión sobre cualquiera de esas cuestiones corresponde a todos los españoles, sin excluir a nadie. La soberanía nacional reside en el pueblo español, y eso es una cláusula de eternidad.