De falsificaciones y falsificadores

La falsificación y la impostura son tan antiguas como la Historia humana. De creer el relato del Génesis, Satanás logró causar la ruina de Adán y Eva convenciéndolos de que era una benévola serpiente. Algo más tarde, en Egipto y Mesopotamia se recurrió a la elaboración de diferentes sellos precisamente para evitar la falsificación de documentos. El éxito fue limitado. En el siglo I, precisamente para evitar que falsificaran sus epístolas, Pablo de Tarso señalaba que debían llevar una firma suya al final, firma que se caracterizaba por tener unas letras especialmente grandes, quizá consecuencia directa de una enfermedad visual del apóstol. Ni que decir tiene que incluso después de la expansión del cristianismo la falsificación de todo tipo de documentos resultó una verdadera plaga. Por supuesto, nunca fue inocente. Así, en 1942, el RSHA y las SS pusieron en funcionamiento la denominada «Operación Bernhard» cuya finalidad era desestabilizar totalmente la economía de la enemiga Gran Bretaña mediante la falsificación de billetes de 5, 10, 20 y 50 libras. El «Schutzstaffel Sturmbannführer» Bernhard Krüger tuvo a sus órdenes nada menos que a ciento cuarenta y dos falsificadores expertos que procedían de los campos de concentración de Sachsenhausen y Auschwitz. En no escasa medida, se podría decir que se trataba de la flor y nata de la falsificación en Europa. Para abril de 1945, los falsificadores habían logrado que se imprimieran más de ciento treinta y cuatro millones de libras, prácticamente imposibles de distinguir de las auténticas. De hecho, el Banco de Inglaterra llegó a aceptar como bueno alguno de los billetes. Al final de la guerra, Krüger fue detenido por los británicos al parecer con la intención de que les ayudara a falsificar documentos. Si cedió o no se ignora, pero en 1948 fue puesto en libertad sin cargo alguno. Las desgracias continuaron. Por ejemplo, el espía Elyesa Bazna, conocido como «Cicerón», fue pagado con estos billetes y después de la guerra demandó al Gobierno alemán exigiendo una reparación. Perdió el caso. Desde luego, el episodio no fue excepcional y en ocasiones, los falsificadores privados han demostrado tener no menos fortuna que los que actuaron a las órdenes de las SS. Uno de esos casos fue el de Frank W. Abagnale Jr., un veinteañero estadounidense que durante años mantuvo en jaque al FBI. Abagnale era capaz de falsificar billetes, talonarios, títulos y todo tipo de documentos. Finalmente, el FBI logró incorporarlo a su plantilla de colaboradores y hasta hace unos años era miembro de su unidad de lucha contra la falsificación. Con todo, el escándalo más sonado en relación con la falsificación fue el de los diarios de Hitler.

En abril de 1983, la revista alemana «Stern» publicó fragmentos de los «Hitler-Tagebücher» o diarios de Hitler. Se trataba de sesenta cuadernillos por los que la revista pagó algo menos de nueve millones de marcos. El periodista Gerd Heidemann afirmó que los diarios habían sido pasados de contrabando desde Alemania oriental y la versión fue aceptada. Para colmo, se llevaron a cabo tres análisis grafológicos de una página de uno de los diarios y los tres llegaron a la conclusión de que habían sido escritos por Hitler. Por si fuera poco, dos historiadores de prestigio, el británico Hugh Trevor-Roper y el alemán Gerhard Weinberg también dieron por auténticos los diarios. Trevor-Roper llegó a escribir en el «Times» que «los documentos son auténticos» y que «la historia de su itinerario es verdad». Pero no todos estaban tan convencidos de la veracidad de los diarios. El canciller alemán Helmut Schmidt dudaba de su autenticidad y decidió comprobarla. En 1983, el Bundesarchiv de la RFA declaró que eran «falsificaciones grotescamente superficiales». El juicio definitivo vino de Kenneth W. Rendell, un experto en autógrafos, que reconoció que la escritura de Hitler había sido imitada, pero que la falsificación no era buena. Los editores de «Stern», Peter Koch y Felix Schmidt dimitieron al descubrirse la falsificación – que, por cierto, había sido vendida a la revista española Tiempo – y lo mismo sucedió con los que tenían cargos similares en «The Sunday Times» y «Newsweek» que habían dado por buenos los diarios. Los numerosos cuadernillos atribuidos al Führer habían sido obra de Konrad Kujau, un conocido falsificador de Stuttgart, que gastó parte del dinero recibido en comprarse inmuebles en España y que acabó condenado a cuarenta y dos meses de prisión. Ya en libertad, Kujau se ganó la vida vendiendo «falsificaciones originales». Y es que, en última instancia, nadie está libre de aceptar una falsificación como, hace apenas unas semanas, sucedió con el diario «El País» cuando publicó como imágenes de Hugo Chávez lo que era un vídeo de YouTube sobre la operación quirúrgica de un mexicano.