Dignidad de la Corona

El jefe de Estado representa casi lo mismo en una monarquía y en una república. Es el símbolo de la nación, la institución que permite comprender de forma intuitiva e inmediata su realidad. Por su parte, la jefatura del Estado en las monarquías subraya la vida propia de la nación, ajena a los avatares políticos del momento. Por eso la Monarquía es un elemento de estabilidad crucial, como quedó demostrado en los países europeos que lograron salvarla durante la crisis del siglo XX.

El monarca, exactamente como aquello que representa, no está por tanto sujeto a las contingencias de la actualidad. Se debe a un principio superior: la continuidad de la nación, encarnada en la continuidad de la dinastía y –también– en la perpetuidad del cargo. No se es Rey por horas, ni depende de la persona del monarca dejar de ser Rey. Puede haber, claro está, casos graves que hagan recomendable la abdicación, en particular problemas de salud que menoscaben la dignidad de la institución o –como ha ocurrido en el caso de Holanda– una situación de una dureza tal que el monarca no se sienta capaz de superarla para cumplir su función como sabe que tiene que cumplirla. Fuera de estos casos muy especiales el Rey –o la Reina– está en el deber de seguir en su puesto hasta el final.

Este principio choca con algunas grandes ideas, o más bien percepciones propias de la actualidad. Una de ellas es que las instituciones están en la obligación de adecuarse al presente. Esto es cierto... a medias. El valor de las instituciones –y de la Corona sobre todas ellas– reside precisamente en que encarnan el principio mismo de la nación, que no es sólo el pasado ni el futuro, sino la perpetuación de lo que hemos sido en lo que seremos. El Rey encarna la dimensión nacional de nuestra propia vida: como esta, no podemos borrarla ni cambiarla. Esto mismo requiere una cierta prudencia en el tratamiento del Monarca y de lo que le rodea, es decir la Casa Real. Evidentemente, ninguno de sus miembros está eximido de cumplir las obligaciones que atañen al resto de los españoles. Ahora bien, ni la transparencia ni el principio de ejemplaridad pueden llevar a exigirles comportamientos ajenos a lo que es propiamente humano. En nuestro país hemos pasado de la veneración oriental a la politización y la vulgarización, como si no fuéramos capaces de vivir con dignidad y un poco de humildad esa parte sustancial de nuestra propia vida.