Política

El benéfico bipartidismo

A pesar de que en los últimos tiempos se ha puesto de moda atacar el bipartidismo, la realidad histórica es que los sistemas bipartidistas han sido por regla general no sólo más estables sino más flexibles a la hora de asumir la necesidad de reformas. El bipartidismo moderno comenzó en Inglaterra con la creciente consolidación de dos grupos denominados tories y whigs. Aunque a los primeros se les suele denominar conservadores y a los segundos, liberales, la verdad es que ambos términos tenían un origen insultante que sólo el paso del tiempo llevó a olvidar. Mientras que los tories pretendían conservar los privilegios de una corona que, a pesar de todo, era limitada, los whigs eran partidarios de reducir no sólo las prebendas regias sino también las de la iglesia de Inglaterra y la aristocracia. De manera notablemente creativa, entre unos y otros fueron dotando al Reino Unido de una constitución que sigue sin estar escrita y que, no obstante, es una de las de mayor éxito de la Historia. Fue precisamente ese bipartidismo el que copió expresamente Cánovas del Castillo para el régimen de la Restauración ya en el último cuarto del siglo XIX. Se pueden señalar los defectos que se quieran para el sistema, pero logró apartar a los militares de la intervención armada en la política, devolvió la acción de estado a los civiles y asentó la monarquía de una manera imposible de pensar cuando Isabel II fue derrocada en 1868.

En buena medida, el que el bipartidismo prosiguiera en Gran Bretaña y fracasara en España explica sus historias tan diversas. Mientras que tras la primera guerra mundial, los liberales-whigs fueron sustituidos por los laboristas que integraron el socialismo en la monarquía, en España, el PSOE se convirtió en una fuerza anti-sistema que no ocultaba su propósito de ir hacia la dictadura del proletariado. El bipartidismo asentó el sistema británico democratizándolo mientras que su desaparición en España empujó a la nación hacia una espiral política que concluyó en una guerra civil y una dictadura de casi cuatro décadas. Sin embargo, España y Gran Bretaña no son los únicos ejemplos. En el mismo continente europeo, el bipartidismo fue clave para la estabilidad del norte escandinavo donde los liberales fueron siendo absorbidos por los conservadores y sustituidos como fuerza de oposición por la socialdemocracia que se mostró leal hacia las respectivas constituciones.

A día de hoy, estas monarquías se encuentran entre la democracias de mayor calidad del globo. Por el contrario, la ausencia de ese bipartidismo equilibrado tuvo trágicas consecuencias para el resto del continente. La derecha y la izquierda fragmentadas de la República de Weimar abrieron camino a la llegada de Hitler al poder como antes los «fasci di combatimento» de Mussolini se habían impuesto en el seno de una monarquía italiana con una inquietante multiplicidad de partidos. El fenómeno –aunque de manera menos dramática– se repetiría tras la segunda guerra mundial. La RFA asumió un bipartidismo entre la socialdemocracia ya no marxista y la democracia-cristiana interconfesional que apenas se vio empañado por unos liberales dispuestos a ser bisagra de cualquiera de los dos partidos y unos demócrata-cristianos bávaros que, fundamentalmente, eran fieles aliados regionalistas del partido federal.

Por el contrario, Italia sufrió la inestabilidad de un bipartidismo imperfecto –el PCI nunca podría gobernar– que, al fin y a la postre, se transformaría en gobiernos de coalición con los que explotaría el sistema.

Esa visión bipartidista que ha dotado de estabilidad y progreso a distintas naciones del continente europeo ha sido también la marca habitual del sistema norteamericano. La existencia de los partidos políticos fue relativamente tardía y siempre mirada con escepticismo siquiera porque Thomas Jefferson, padre fundador y creador del partido demócrata, consideraba que no eran imprescindibles para la democracia a diferencia, por ejemplo, de la libertad de prensa. Con todo, el sistema –que conocería distintos partidos como, por ejemplo, el anti-masón– giraría durante décadas sobre la base de demócratas y whigs y, a partir de 1860, de demócratas y republicanos. Curiosamente, en aquel entonces, los demócratas era el partido conservador no exento de populismo y de llamamientos al hombre corriente, mientras que los republicanos tenían un enfoque más liberal. Habría que esperar justo un siglo para que los papeles se intercambiaran asumiendo los republicanos una visión liberal-conservadora y los demócratas otra más populista aunque no –como erróneamente se suele afirmar– de izquierdas. La estabilidad derivada de ese bipartidismo explica que las alternativas no hayan funcionado. No muy diferente ha sido la situación del régimen de la Transición en España. Sus grietas comenzaron a producirse no a causa del bipartidismo sino precisamente cuando éste se vio erosionado por el peso desproporcionado de los nacionalistas catalanes y vascos. El chalaneo parlamentario de los nacionalistas fue empujando al sistema hacia un deterioro y una corrupción que persisten hasta la actualidad. Sin embargo, la culpa no fue del bipartidismo sino de su creciente erosión.