El club o el caos

No hay exageración alguna. Tampoco ningún mensaje apocalíptico. Es lo que hay. En una sociedad internacional focalizada en la cooperación, la colaboración y el consenso, en sumar y no restar, en multiplicar y no dividir, el camino de irresponsabilidad que han emprendido los separatistas catalanes sólo puede tener como meta lo más alto de un precipicio; el acantilado en cuyo fondo se encuentra el final.

No pueden estar más cargadas de sentido común ni de mesura ni de rectitud las palabras de la vicepresidenta del gobierno. La sociedad civil tiene dos opciones muy claras por las que inclinarse en Cataluña: la primera, la incertidumbre y la sedición y la revolución hacia el desastre; la segunda, la seguridad y el futuro y la estabilidad de ser y estar en una comunidad nacional y transnacional que rema en la misma dirección y a un formidable ritmo. ¡Claro que sí! Europa es ese club en el que sólo caben quienes reniegan de esa estrategia vieja de levantar muros y cavar trincheras en la que tan proactiva y agresivamente trabaja Artur Mas y sus correligionarios (¡qué antigualla!).

¡Y claro que sí! Cualquier pedazo de una nación que busque la rotura del conjunto está condenado al ostracismo, a la demolición económica, a la avería política. ¿Dónde están las ganancias? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Nos hemos vuelto locos? No es ésta una cuestión de mano dura. Tampoco de que haya politicastros soberanistas que, como dirían adolescentes, dejen de dar el coñazo. Lo esencial es que después de tanta jaimitada haya un final feliz. Lo habrá. Porque lo contrario sería el caos. Y es lo que ha señalado Soraya Sáenz de Santamaría. Acierta.