El cuento de nunca acabar

Continúa el escándalo andaluz, con algún ramal madrileño. ¿Hasta cuándo? ¿Se ha hecho algo bien? ¿Habrá algo limpio de corrupción? Son las preguntas que vienen a la mente tras conocer que miembros de la Guardia Civil detuvieron ayer a 14 personas relacionadas con la elaboración de facturas falsas por parte de empresarios y trabajadores de UGT Andalucía y que fueron abonadas por la Junta de Andalucía con cargo a los cursos de formación.

Parece mentira que ese sindicato fundado, allá por 1888, por Pablo Iglesias (no confundir con el de Podemos), sentando unas bases de austeridad. Aquel que sentenciaba: «Por mucho que valgan las ideas, no pueden prosperar en el grado que deben si sus sostenedores, y principalmente los que ocupan las primeras filas, no son enteros, serios y morales. No sólo hacen adeptos los partidos con sus doctrinas, sino con buenos ejemplos y la recta conducta de sus hombres».

Todos estos sindicalistas, depredadores –presuntos, por supuesto– del erario es posible que ni siquiera sepan quién era Pablo Iglesias. Si lo saben, son quienes transcurridos los «cien años de honradez» gritaron todos a una «pero ni un minuto más». Ahí están maniobrando, ideando y ejecutando el saqueo –presuntamente, por supuesto– de las arcas públicas. Como empleados, como empresarios, como políticos. Porque de todo ahí entre los implicados: sindicalistas, patronos y la Junta de Andalucía. De confirmarse las causas por las que han sido detenidos, la mancha sigue extendiéndose por todo el entramado de la Administración y organizaciones de aquella autonomía. Como el cuento de nunca acabar. Estupor, indignación y vergüenza producen estas actuaciones –presuntas, por supuesto– sentimiento que se agranda cuando pensamos en que, suceda lo que suceda, el dinero no será devuelto. Así es la vida.