El fracaso americano

Durante ochenta años, los que transcurren entre 1825 y 1905, tres generaciones españolas vivieron la conciencia del fracaso americano. Detenida en la Independencia, en el crecimiento vigoroso de la joven república estadounidense, su presidente James Monroe proclamó (1823) la doctrina que lleva su nombre que supuso la definición de la política exterior de su nación. El Congreso de Estados Unidos había votado en 1818 una ley de neutralidad norteamericana respecto a la guerra que libraban los criollos hispanoamericanos para conseguir la libertad respecto al dominio político español. En la doctrina Monroe se advierte claramente dos vertientes: a) declaración de que el continente americano debe quedar al margen de nuevas colonizaciones extranjeras, formulando denuncia sobre cualquier tentativa que pudiese resultar peligrosa para la seguridad de los Estados Unidos; b) aislamiento de los Estados Unidos respecto a los asuntos europeos, al quedar establecido el principio de no intervención en las guerras y problemas de Europa. Por su parte, la inhibición de la política de unidad «monárquica del espíritu histórico y cultural» de Simón Bolívar, expuesta desde 1815 en la Carta de Jamaica, en el discurso de Angostura y en la Asamblea de Panamá (1826), sólo tres años después de la proclama de Monroe, según explica el gran internacionalista Barcia Trelles, fue una rotunda contraposición entre dos interpretaciones imposibles de armonizar sobre el destino de América entre el criterio universalista de cuño español y el particularismo norteamericano.

En la década de los años ochenta sólo quedaban retazos de los principios de unidad hispanoamericana que comenzaba a ser sustituida por el movimiento «panamericanista», para lo cual el Secretario de Estado Blaine constituía en 1889 una Oficina Comercial en Washington. Ello supuso una confrontación radical entre el espíritu hispanoamericano y las tendencias comerciales norteamericanas. La Oficina Comercial de Washington, con su fuerte tendencia panamericanista, mantenía muy próxima la riqueza productora de la isla de Cuba, que de 1882 a 1895 recibía el volumen de inmigración peninsular español mayor de toda la historia. Fue un breve paréntesis de 1896 hasta 1915. Ciertamente, en este flujo y reflujo de emigración y repatriación debe tenerse en cuenta el fenómeno independentista cubano en los movimientos de insurgencia y el traslado a Cuba de grandes contingentes de tropas de guerra que, tras la fuerte competencia comercial norteamericana, se vio asistida por la no menos fuerte agresión periodística de los grandes rotativos norteamericanos y ya en el año 1898, tras la voladura del Maine, la acción de la poderosa armada norteamericana que condujo a la agresión con declaración de guerra el 25 de abril de 1898, intervención de la flota del Almirante Sampson, con final de una humillante derrota y una no menos firma de paz en París.

Así pues, desde 1824 (Ayacucho) hasta 1898 (Santiago de Cuba) la situación fue un cerco de angustia, crisis y pérdida de los últimos territorios americanos, que coinciden en el primer tercio del siglo XX con la mentalidad americanista española entrando en una profunda crisis histórica, que debemos entender como efectos activos de procesos arcaizantes en contraste con la línea «progresista» europea, que abrió una profunda conjunción con tres fuertes golpes de psicología colectiva, coincidentes con un surco de aislamiento y separación respecto al mundo americano, con tres vertientes:

1) «Crisis de la mentalidad atlántica», mantenida desde la época de los Reyes Católicos con punto culminante en el reinado de Felipe II. La derrota vino de la competencia americana, un sector político y cultural de origen y desarrollo anglosajón que precisamente había alcanzado máximo en la segunda mitad del siglo XVI.

2) Crisis del sistema de la Restauración y época de intentos regeneracionista, nacionalista e hispanista. Tuvo su momento culminante en 1917, con lo que se inaugura la crisis española contemporánea, cuyos aspectos más relevantes fueron: conversión de la Monarquía en tema político; proclividad del obrerismo de la violencia; gobiernos con clara tendencia a la gestión administrativa.

3. «Crisis del parlamentarismo» y primera instancia «regeneracionista». Tuvo su manifestación histórica en el gobierno de Primo de Rivera, de fuerte nacionalismo hispánico; promoción del poder personal y quiebra del sistema educativo universitario.

Esta España del primer tercio del siglo XX ofrece una perspectiva pesimista acerca del futuro político y económico que se centra en «el problema de España» y en las orientaciones del pensamiento de la identidad Nación-Estado con un latente pesimismo desmoralizador de juicio «a priori» negativo. Produjo una indiferencia acerca de las soluciones que debían discutirse para superar los problemas que se exponían con fuertes críticas, pero sin trabajo profundo ni eficacia ni tampoco una efectiva crisis intelectual capaz de superar la decadencia educativa que alcanzaba los abismos de inanidad.