El juego de la gallina

Se consuma el desafío soberanista y esto nos introduce a todos en una situación difícil, pero no imposible, puesto que tenemos los resortes legales necesarios para resolverla. Todo esto me recuerda al juego de la gallina, cuya versión más conocida es la que nos ofrece la famosa película «Rebelde sin causa», versión en la que los jugadores conducen sus automóviles hacia un precipicio y el primero en saltar es la gallina o cobarde, y obviamente el que permanece en el vehículo, el más valiente del hospital, si sobrevive. La versión más general es aquella en la que los conductores conducen en dirección contraria hacia la inevitable colisión, y el que se desvía de la trayectoria es el cobarde y el que no, el valiente; en este caso si los dos son valientes, perecen; si uno es cobarde, sobreviven ambos, y si los dos son cobardes, su suerte dependerá de a qué lado se desvíen, puesto que si es al mismo colisionarán también. En este caso no hay dos jugadores, solo hay un arriesgado y un muro infranqueable, que es la Ley. El problema es que este tipo de juegos suelen ser observados por público, el cual suele tomar partido por uno o por otro contrincante, con la gran suerte de que el público solo se divierte, no arriesga. En este caso sí se arriesga y mucho. Solventado cómo se solventará la situación a buen seguro, el problema es que a una parte del público se le ha presentado la Ley como el contrincante, absolutamente disponible. Es cierto que se puede hablar de muchas cosas, y en democracia de casi todo, pero no es menos cierto que el diálogo requiere tres premisas: la ausencia de coacción, respeto a los cauces legales y un ánimo de búsqueda de encuentro.