El maestro de esgrima

Su padre, José María Ruiz Gallardón, un hombre de primera, un gran demócrata, aunque algunos falsamente le tacharan de franquista, desayunaba a diario con un grupo de periodistas en el Congreso. Gran jurista, buen conversador y analista avezado, glosaba con orgullo la figura de su hijo Alberto: «Es tan inteligente, que a veces se pasa», solía decir don José María, al definir la personalidad de un joven que entró en política casi de adolescente. Su trayectoria, bien conocida, es la de quien en todos sus puestos ha conjugado preparación y provocación, retos y alternativas, desafiando a tantos que le llevaron a ser ese llamado «verso suelto», después, con sutileza, reconvertido.

Cuando Alberto fue nombrado ministro de Justicia, algunos lo alabaron y otros se sublevaron. Es la suya una vida llena de contradicciones, desde la secretaría general de AP, pasando por la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. Y tal vez sea el único que, a través del tiempo, ha sabido salir siempre a flote. Quizás por su afición al paracaidismo, deporte que abandonó al nacer su primer hijo. Esos saltos al vacío, casi doscientos en su vida deportiva, le han llevado en la política a romper moldes. En su cargo como ministro de Justicia los ha desbordado, afrontando unas reformas de calado, fuertes, impopulares, pero tal vez muy necesarias ante un colectivo soberbio e intocable. Otros no se hubieran atrevido.

Y hete aquí al eterno delfín popular, curtido en el partido, en la administración local, autonómica y central, cual jacobino frente a un nuevo sistema de elección de jueces, una fiscalía en casos de enorme relevancia política, excarcelaciones de etarras, reveses en sentencias delicadas, doctrinas europeas a combatir y una Administración de Justicia anquilosada. Melómano empedernido, Alberto es como una nota de piano, que toca a la perfección, sin querer nunca desafinar. Un maestro de esgrima, el arte medieval al que se aficionó en una etapa de su juventud y que maneja bien sus armas: observar, atacar y atizar la estocada perfecta. Ese es Ruiz Gallardón en la política, en la vida, y ahora en la Justicia.