El Rey de América

En el mayor hotel de Montevideo intenté una aproximación indiscreta a los butacones donde conversaban Felipe González y el luego prófugo Bettino Craxi cuando hube de volver mis pasos ante el estruendo proveniente de la emblemática plaza Artigas, padre de la patria. Pasaba la interminable comitiva de los Reyes como una fanfarria nacional, una «patriada». No les pusieron carrozas porque no tenían, pero tras el núcleo duro de coches de seguridad y motoristas circulaban representaciones del Ejército y la Armada, Policía Nacional y Local, ambulancias y dos carros de bomberos que no se quisieron perder el evento. En una recepción porteña, una dama encopetada le robó el tapado a la Reina, no por ánimo de lucro sino como recuerdo inapreciable. En los peores momentos del presidente Alfonsín, le bromeaba: «Casamos al Príncipe con una argentina, a lo que no hará ascos, reinstauramos el Virreinato del Río de la Plata y hacemos intercontinental la Unión Europea»/. «Pues no es mala idea». El más erudito historiador contemporáneo americano tiene deshilachados datos sobre nuestras dos efímeras repúblicas, pero el pueblo llano está sentimentalizado ante la Corona. A la postre el general San Martín ascendió a coronel en Bailén y Simón Bolívar fue un pisaverde en la Corte madrileña. El Rey ha viajado 80 veces a Iberoamérica, fue el centro de las Cumbres, en las que incluyó a Cuba y a un entusiasmado Fidel Castro, y se atrevió mandar callar a Hugo Chávez, líder del «socialismo del siglo XXI», del populismo del siglo pasado, de los «Podemos y queremos», y sobre todo de sí mismo. Armada la democracia en España, el Rey convenció a los americanos de que se podía salir ordenadamente de ominosas dictaduras militares, llevándoles no sólo esperanza sino metodología y política empírica. Le adoran. Esta elipsis entre la abdicación y la proclamación está resultando mezquina, a las vueltas con su situación jurídica o su tratamiento. Si el todavía Rey se deprime en el futuro, debería viajar a Iberoamérica.