Entre las tumbas

La Razón
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Las bellas oficiales son todas o adolescentes o anoréxicas. Quizá mi vida hubiera sido otra si de niño, en lugar de venerar a Maureen O’Hara, hubiera fantaseado con la guapa del momento. O si la industria del cine hubiera coincidido en mi predilección por las mujeres sobre las niñas. Pero hace siglos que Hollywood considera suicida rodar una película adulta. En consecuencia, las diosas del cine clásico serían apedreadas. Imagino que de la pareja formada por John Wayne y O’Hara en «El hombre tranquilo» harían mofa en el patio del recreo. Menos mal que uno puede buscarse afinidades más allá de la autocracia del rebaño y el látigo de las modas, e incluso rebobinar las décadas para encontrar tus héroes. Hoy, igual que hace veinte años, casi ningún chaval sabe quién es O’Hara, pero me basta con levantarme del sofá y rebuscar en la estantería para saludar embelesado a la hija del minero galés, a la esposa del coronel de la caballería que incendió la casa de sus padres, a la paciente compañera del piloto quebrado, y por su puesto a Mary Kate Danaher, eternamente guapa en aquel pueblo irlandés al que llegó prófugo de mil demonios un boxeador llamado Sean Thornton. Cuando alguien hace la exégesis de una novelería periodística, o de un periodismo anovelado, conviene ponerse a cubierto. No sólo corremos peligro de que aparte de vender patrañas paseen orgullosos, es que también podríamos dinamitar la gran ventaja de la ficción respecto a la vida. Su condición de elixir o espejismo, ajeno al pico del sepulturero. Si navego en la Hispaniola junto a John Silver el Largo, si lloro la muerte de Tom Doniphon en «El hombre que mató a Liberty Valance» y la de Dersú Uzalá en el verde imperio de amba, si lamento que Pike Bishop y el resto del Grupo Salvaje fueran acribillados en la fortaleza de Agua Verde, sé que puedo dar marcha atrás y volver al principio. No sólo eso. John Wayne, Akira Kurosawa, Sam Peckinpah, William Holden y Ben Johnson hace mucho que pasean bajo el yugo de la Pelona. Maureen O’Hara palmó este fin de semana a los noventa y cinco años. Era la última superviviente de quienes poblaron el universo deslumbrante soñado por Ford. Camina ya por los valles del silencio junto al gran Wayne y Barry Fitzgerald, Victor McLaglen y Ward Bond y Arthur Shields, Mildred Natwick. Reducidos a una cucharada de fosfato, convocados a lo sumo para resucitar de forma aleatoria en el próximo big bang como zumo de átomos, de aquella gente no queda nada, pero todos los años, cuando el viento sopla, le doy al «Play» y los reencuentro. Sus creaciones percutirán en mis venas hasta que el mundo explote y arrastre entre detritus la última copia de «El hombre tranquilo», «Qué verde era mi valle», «Río grande» y «Escrito bajo el sol». Frente a la caducidad segura de todos nosotros, Sean y Mary Kate se besan, radiantes, entre las tumbas. Yo ya sé que Innisfree no puedes encontrarlo mediante el Google maps. Precisamente porque no existe, ayuda a seguir existiendo.