Adicciones

Epidemia

La Razón
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Hablé el otro día de Tom Petty. Falleció víctima de una sobredosis de opiáceos recetados por su médico. Los consumía para arrostrar una fractura de pelvis al tiempo que giraba con los Heartbreakers. La muerte del rockero es una de las más de 50.000 que vienen provocando los narcóticos legales en EE.UU desde hace una década. Números sin duda multiplicados por la prodigalidad con la que los amables galenos regalaban pastillas de sabores y colores. Afianzados por la presión de una industria que solo en los últimos tiempos y de forma, uh, remisa, parece asumir que Houston tenemos un problema. Para certificar que América sufre una racha atroz no necesitas refugiarte en los grandes nombres ni citar a Prince, otro con la cadera rota y hasta arriba de narcóticos legales. «Los problemas», escribía Dan Diamond en la revista Politico, «son sistémicos y están demasiado arraigados como para sacudir las conciencias gracias a cuantas víctimas de perfil alto». Añade que un mínimo de 91 personas mueren cada día por sobredosis «gracias a una potente mezcla de estigmas, adicciones, falta de conciencia y acceso inadecuado a la atención y la prevención». Los nombres de la bestia pueden deletrearse en la farmacia. Fentanilos, oximorfonas y oxicodonas, morfina y etc. Carecen de las resonancias míticas de sus primos ilegales. De su leyenda forjada contra la ley y el orden. Del pozo de canciones y novelas con las que el personal saludaba el éxtasis y ruina de los implicados en el negocio. De las iluminaciones que se atribuían a ciertas sustancias. Por carecer incluso les faltan las campañas militares, ardorosamente guerreras e ineficaces con las que en otros tiempos otros líderes trataron de combatir la lluvia. Su falta de sentido del ridículo y la credulidad de un cuerpo social poco amigo de informarse engrasaron unas políticas de salud pública con mañanas de oscurantismo medieval y tardes de risa loca. Diseñadas por cazadores de brujas, implementadas por justicieros sin excesivas ilusiones y al cabo jaleadas por vendeburras de toda ralea. Algo de eso, de la mediocridad en el análisis y el gusto por las soluciones rimbombantes, subiste en el tratamiento de la penúltima ola de adicciones. A diferencia de la resaca de los felices años veinte, del verano del amor o de la pesadilla de la heroína, volvemos a contar muertos pero nadie acierta a relatarlos. Quizá porque los modernos zombis son tus vecinos, los compañeros del trabajo, tus familiares, incluso tus ídolos, pero esta vez cayeron en la tela de araña por culpa de un dolor crónico o un espanto mal curado. A causa de un insomnio a destiempo o una lesión deportiva. Casi siempre gracias a los consejos del médico. Con lo que cuesta horrores, por no escribir que es casi imposible, aconsejar y advertir a su costa. Y como esa, la de la moralina rebozada con babas y el veneno que acribilla herejes, fue la única respuesta que ofrecimos durante un siglo frente las adicciones del personal, y como ante la muy inquietante pero humana querencia por colocarse solo repartimos consignas vacías, sañudos porrazos y mano de hierro, ahora, qué curioso, nadie sabe qué decir o hacer mientras la gente cae por decenas de miles.