Fiasco de los macroeconomistas

La Razón
La RazónLa Razón

Los más arrogantes entre los economistas son, sin duda, los ocupados en la macroeconomía. Ellos son los que más pontifican sobre el deber ser en la gestión de los asuntos económicos por parte de los gobiernos y los bancos centrales, los que recomiendan esto y lo otro, y los que siempre encuentran algún fallo en los demás para justificar sus decepciones. Envueltos en la abstracción –pues los suyos son conceptos difíciles de medir y muchas veces inobservables– asesoran a ministros, banqueros y líderes empresariales, ofreciéndoles sus modelos llenos de concatenaciones. Su terreno preferido es el de la predicción acerca de lo que ocurrirá en un mañana próximo –siempre con un sentido pesimista– con la producción, el empleo o las finanzas públicas. Y aunque casi nunca aciertan, nadie les hace la pregunta crucial que, antes de cambiarse de sexo y de nombre, formuló Donald –ahora Deirdre– McCloskey: «Si eres tan listo, ¿por qué no eres rico?».

El caso es que, en estas últimas semanas, hemos tenido constancia reiterada del fiasco de los macroeconomistas. Ha bastado que unos cuantos ex –ministros de economía, gobernadores centrales y otros funcionarios de alto rango– se hayan pasado por el Congreso contando su experiencia para que, de pronto, todos los ciudadanos hayamos visto la desnudez de su pensamiento y, sobre todo, la indigencia del bagaje con el que afrontaron su gestión. Ninguno vio venir la crisis que nos ha envuelto en estos últimos años, incluso cuando ya estaba encima; ninguno sabía nada de lo que luego se mostró como una inmensa burbuja especulativa; ninguno fue capaz de frenar aquel desastre que nos ha empobrecido a todos. No lo vieron porque quienes les asesoraban tampoco fueron capaces de ello. Y fue necesario un cambio de poder en el que un economista pragmático, Luis de Guindos, al que no importó llevarse por delante al ejército de paniaguados que llenaban los consejos de las cajas de ahorro, pudo realizar la reforma financiera que nos sacó del agujero.

Pero no se crea que ahí acaba todo. Las predicciones macroeconómicas siguen sin cumplirse, como también hemos visto últimamente con la catástrofe anunciada para Cataluña y, de paso, para España –con recesión incluida– por el Banco de España y la Airef. No ha habido nada de eso, aunque lo del Principado sea un esperpento político y su economía se resienta de ello, eso sí, sin afectar al conjunto nacional, que sigue, con impasible mesura, su crecimiento en producción y empleo, a la vez que revalida su superávit exterior y domeña el desequilibrio de sus cuentas públicas.

Viendo todo esto, no entiendo muy bien cómo seguimos fiándonos de los macroeconomistas ni para qué los necesitamos. De sus virulentas controversias apenas se han desprendido algunas reglas pragmáticas –como las del pacto de estabilidad– que, por lo demás, estaban ahí ya antes de que apareciera su disciplina. Todos recordamos el «santo temor al déficit» que, en 1905, formuló Echegaray, que era ministro de Hacienda, pero no economista sino matemático, ingeniero y dramaturgo.