Cambios en el PP

Gallardón

Alberto Ruiz-Gallardón es un político ambicioso e inteligente. Nunca satisface a todos. No hace mucho, poco antes de llegar al Gobierno, los votantes situados más a la derecha lo consideraban un progresista peligroso, que desayunaba con gentes de la izquierda y cenaba con artistas progres de dudosa fama, antes de escuchar música clásica. Un político de poco fiar, capaz de traicionar al lucero del alba. En estos ambientes preferían a Esperanza Aguirre, dónde va a parar: una mujer de una pieza, tatcheriana de armas tomar, que tenía lo que había que tener y que, encima, se llavaba a Madrid de calle, incluido el cinturón rojo a base de llevarles el metro y construir hospitales. Por entonces la Aguirre y el Gallardón se llevaban aparentemente como el perro y el gato, aunque se besaban en público y los dos iban a misa los domingos. Bastaba hablar con los colaboradores más cercanos del uno y de la otra para que la mecha de la maledicencia se encendiera. Esperanza se hizo a un lado, después de su percance de salud, pero siguió al acecho y vigilante; y Alberto, que dejó el Ayuntamiento endeudado y la capital remodelada de arriba a abajo, reluciente como los chorros del oro, hasta el punto de que se popularizó el letrero de «Obras Gallardón», alcanzó por fin su sueño provisional: sentarse en la mesa del Consejo de Ministros. Ella se atrevió a echar un pulso a Rajoy y él se convirtió en incondicional del presidente. Ésa es la principal diferencia. Ella perdió el pulso –lo mismo que lo acaba de perder Pedro Jota, uno de sus fans, y los que aún no se han enterado de la retranca invencible del gallego tranquilo– y Gallardón, mucho más astuto, situado a su lado, ha ganado la partida.

Los que en los cenáculos socialistas se alegraron cuando el alcalde de Madrid llegó al Gobierno porque lo consideraban casi uno de los suyos se han llevado un gran chasco con su reforma de la Ley del Aborto. Todo su empeño en cargarse el anteproyecto ha chocado con la firmeza del ministro de Justicia, bien respaldado por el presidente y con la acerada cohesión de las huestes populares. El último fracaso estruendoso de la estrategia de la Valenciano –con la marcha de la número dos a Europa empieza el desguace del equipo de Rubalcaba antes de las primarias– sucedió en la votación secreta del martes en el Congreso. ¿Qué simpleza es esa de incitar a las diputadas del PP a que se vuelvan abortistas? ¿Quién ha dicho que no son las mujeres las más interesadas en defender la vida del no nacido? En fin, ¿qué idiotez es esa de meter en el saco de la ultraderecha a todo el que demuestra repugnancia ética a las propuestas de progres y feministas radicales en este campo tan sensible? Me consta, porque más de una vez hablé con él de esto, que Adolfo Suárez, centrista reconocido y primer presidente constitucional, estaba en contra del aborto y votaría a favor de la «ley Gallardón». Ahora resulta que Alberto Ruiz-Gallardón se ha trocado para la progresía, por esta ley y por arte de birlibirloque, en un ultra peligroso. Algunos, que hemos seguido de cerca su trayectoria, consideramos que estamos ante un político de talla, coherente, que está por encima de la patulea, y que mantiene las prerrogativas que tenía como delfín de Rajoy, cuando los conservadores le criticaban y los progres lo ponían en los cuernos de la luna.