Restringido

La casquería nacionalista

De toda la literatura publicada recientemente para facilitar argumentos convincentes al nacionalismo catalán, lo más interesante y revelador, bajo mi punto de vista, ha sido un libro subtitulado «Cataluña a la búsqueda de un kitsch nacional», firmado por Andreu Pujol Mas. Sostiene su autor que dejar la producción de basura televisiva en manos españolas es de una irresponsabilidad histórica, porque el verdadero imaginario nacional se construye en los anónimos y anodinos tugurios en los que no llega la buena nueva patriótica. Es en esa mugre cotidiana donde se hace un país, día a día. Es decir, Cataluña necesita una Belén Esteban propia que neutralice la basura española con basura catalana de toda la vida. La tesis es audaz, aunque la idea de que el mal gusto, las más bajas pasiones y la casquería son un arma de cohesión social más poderosa que todo el presupuesto de Educación es vieja. Se lamenta el autor de que siendo «Crónicas marcianas» de Xavier Sardà una obra de arte del friquismo, no fuese capaz de imponer su innegable catalanidad. Yo no estoy tan seguro. Lo mismo pasa con la prensa rosa o con la música disco que se vende en las gasolineras (por cierto: no se puede estar todo el día extasiado con melancólicos cantautores; necesitan su Fary), con el humor soez (frente al inteligente) o con no cotillear sobre las infidelidades (matrimoniales, se entiende) de los famosos de TV3. La creación de analfabetos no se puede dejar en manos del enemigo. No está mal pensado. El riesgo es el grado de implicación que las terminales de la alta cultura tengan en esta ofensiva kitsch, que por naturaleza debe estar en manos de gente de la peor estofa. Porque la basura –y ahora voy a a defenderla– también hay que saber producirla y, aunque parezca una contradicción, hay que hacerlo con respeto al consumidor. Es decir, no hay que echarle perfume.