La cuarta marcha

Hay un antes y un después. No por lo que hemos visto sino por lo anunciado. No es lo determinante que el proyecto de Rajoy haya prevalecido a los ojos de los ciudadanos sobre los palos de ciego de un socialismo desarbolado y a la espera de un pastor que releve al desgastado Rubalcaba. Lo crucial es que hay un plan en marcha, que se está ejecutando en fases, que se está controlando con la cabeza, y que hay un presidente que está ayudando a los españoles a salir de la crisis. Ésa es la verdad.

No es fácil ponerte al volante y acelerar con garantías cuando te dejan un coche destartalado, cuando el anterior piloto en lugar de hacer los cambios de filtro, aceite y neumáticos se ha dedicado a tunearlo con estúpidos alerones y horteras embellecedores mientras gripaba y quemaba el motor (¡y gastándose lo que no está en los libros!).

El bazooka de 45.000 millones de euros por el que apuesta desde hoy el Partido Popular significa gasolina súper para mucho tiempo y para un vehículo sobre el que se trabaja: para sacarlo del taller, para hacerle el rodaje, para circular unos kilómetros que se hacen eternos en marchas cortas y para que, cuanto antes, se pueda meter al menos la cuarta y hacer kilómetros y kilómetros con ritmo, velocidad y alegría.

Estamos ante un nuevo impulso. Ya sabemos lo que tenemos para funcionar porque un responsable y humilde Rajoy ha desvelado el resultado de la ITV permanente que está pasando España. No es verdad que la economía sea un estado de ánimo, como decía el infausto Zapatero. Pero sí es verdad que alumbrar un camino de ilusión y esperanza –apoyado en hitos perfectamente tangibles– se convierte en la actitud correcta para señalar el principio del final de la crisis. Ahí estamos.