La Iglesia, a la cabeza

Me fascina la valentía de este Papa. Francisco no dice nada nuevo, sencillamente se lanza a ejecutarlo delante de todos, sin medir consecuencias, convencido de que la verdad cura. Cree en la pobreza, así que «pasa» de los apartamentos papales; en la hermandad entre los hombres, así que coge el teléfono y llama a cualquiera; en el amor de Dios a todos, y se reúne con una persona transexual. En una época de incertidumbres e hipocresías, señala una vía recta y abre camino. No conozco político ni responsable capaz de desnudarse así ante la gente. ¿Quién de nosotros no finge por temor a perder el trabajo, vergüenza personal o deseo de proteger a los nuestros? El Papa cree absolutamente en la verdad, de una forma deslumbrante. Y nos anima a no tener miedo, como pidió Juan Pablo II. «Ay de quien escandalizare a uno de estos pequeños...más le valiera atarse al cuello una rueda de molino...». Si Cristo fue tan taxativo ¿qué ha de hacer su representante en la tierra? ¿Disimular? En un tiempo tuvimos pánico al escándalo y seguramente fue justo. Porque más de uno perdió la fe al ver nuestro pecado. Hubo, incluso, más misericordia hacia el pecador que hacia la víctima, sobre todo en casos de incertidumbre (la pederastia es un ámbito viscoso, necesariamente trufado de mentira). Francisco nos dice ahora que no tengamos miedo, que la verdad es más potente y sanadora que la debilidad más espantosa. Es un maravilloso alivio, un respirar hondo, un tiempo en que los esfuerzos de Wojtyla y de Ratzinger dan por fin fruto patente. Sí, hay pedófilos (cada vez más, dice la policía); pero también hay cada vez más valor para destaparlos y defender a los niños. Y la Iglesia va a la cabeza.