La importancia

Todos los seres humanos nos consideramos extraordinariamente importantes. Sea cuál sea nuestra situación, tenemos un alto concepto de nosotros mismos; eso es algo inherente a nuestra condición de homínidos. Mientras la mayoría de los seres vivos lucha por la simple subsistencia, los humanos estamos convencidos de que somos –cada uno– el centro de la creación. A la pregunta de si nos consideramos superiores al vecino, al tendero de la esquina, o al mendigo de la misma esquina, la respuesta sincera (¡sincera!) sería «sí» en la mayoría de los casos. Lo que funciona individualmente, también lo hace racialmente: de ahí surge el racismo, de la idea de la supuesta superioridad de una raza sobre las demás (da igual que sea blanca, amarilla, cobriza..., el racismo no es exclusivo de la raza blanca, tal y como piensan de manera «racista» los blancos). Y lo que ocurre con las personas y con las razas, sucede también con las naciones: la conciencia de su propia importancia da lugar al patriotismo, que exacerbado puede generar nacionalismo, que llevado a su extremo más enloquecido puede generar fascismo, nazismo y algún otro «ismo» aterrador.

Eso se sabe desde la Antigüedad, y desde entonces se olvida a diario. En realidad, no era la Tierra la que antaño ocupaba el centro del universo, sino los humanos, sus estirados moradores, empachados de importancia de sí mismos. Los únicos seres vivos que han tomado «posesión» de ella y sólo así, mediante la propiedad, se han avenido a civilizarse un poco.

Otorgarle a alguien reconocimiento de su importancia es el primer paso imprescindible para poder negociar, pactar, comerciar, discutir con provecho y llegar a acuerdos. Por eso, quienes piden «mano dura» (¡glub!) con Cataluña y sus declaraciones independentistas, se equivocan. Porque Cataluña necesita, para empezar a hablar, que se reconozca su importancia.