La incongruencia

«Et majora videbis» («Mayores cosas veréis»). Así se expresaban los traductores bíblicos para explicar que siempre hay cosas más sorprendentes por las que asombrarse. Es lo que ha demostrado el secretario general de los socialistas valencianos, Ximo Puig, al abanderar junto a otros la inclusión de la República en el debate del PSOE, justo cuando su todavía secretario general, Pérez Rubalcaba, acababa de dar muestras fehacientes de racionalidad y sentido de Estado al defender la estabilidad de la nación en la sucesión del Rey Don Juan Carlos. En lugar de sumarse, como corresponde a una persona de su situación política y de su currículum, colabora para abrir una brecha entre españoles. La propuesta, además de ser una salida de pata de banco, contiene la incongruencia en la propia argumentación ofrecida por él mismo: «Una nueva generación no tiene por qué estar sujeta a lo que aprobó una anterior». Lo dice él, con un par. Él, que casi con seguridad votaría «sí» a la Constitución allá por diciembre de 1978, cuando estaba a punto de cumplir los 20 años. Él, que lleva desde 1983 –fue elegido diputado en las primeras elecciones autonómicas– hasta hoy disfrutando ininterrumpidamente de los favores públicos ofrecidos por la Carta Magna. ¡Un poco de consecuencia, señor!

El problema de Puig es el total desacierto demostrado para frenar la sangría de votos padecida por el PSPV-PSOE que él lidera, una sangría a borbotones en las últimas elecciones europeas. Y bajando. Como si la solución estuviera en cruzar el Rubicón de Esquerra Unida o Podemos. El problema, mejor dicho el drama, es que, como continúe conduciendo al socialismo valenciano hacia el abismo, su ansiada presidencia de la Generalitat, sea con quien sea contra el PP, puede limitarse a ser comparsa de los partidos citados y de Compromís, formación a la que tiene sometida hoy la actividad parlamentaria de su partido, como sucede con Artur Mas y la Esquerra Republicana de Oriol Junqueras. Como siga así, su disyuntiva podría configurarse como mucho en elegir entre ser vicepresidente del PP, que hoy tanto abomina, o de un Gobierno formado por Compromís, Esquerra Unida y Podemos. Lo último sería su final. Así es la vida.