La madre

¿Qué es una madre? Ya no lo sé. Sé lo maravillosa que es la mía, pero no sabría decir qué he sido yo. Madre era sinónimo de ternura, cuidado, hogar, perdón y calor casi infinitos, pero ninguna mujer con carrera profesional puede brindar cosas casi infinitas. La agenda es cruelmente finita. Mucha gente mayor relata que, en su infancia, mamá los «protegía» de los castigos de papá y escamoteaba travesuras infantiles de la vigilancia paterna. Este doble papel de «poli malo» y «poli bueno» casi ha desaparecido, en parte porque hombres y mujeres tienden a homogeneizar su comportamiento y también porque los divorcios dejan la tarea educativa casi completamente en manos de la madre. El resultado es una señora sobrecargada que tiene que combinar justicia y cariño, disciplina y afecto. Por experiencia me parece un tándem complicado. Las madres separadas sienten una especie de esquizofrenia interior cuando no acaban de adivinar cómo combinar límites y caricias. Valga un ejemplo: el hijo de un amigo divorciado ha sacado malas notas y, al mismo tiempo, recibido el permiso materno para empezar a disponer a los 15 años del dinero que ha ido ahorrando de pequeños regalos familiares desde la infancia. Para desesperación del padre, el chaval se ha comprado una cámara fotográfica y un smart phone. La madre argumenta que es «su dinero». El padre dice que recibir un premio cuando no has cumplido con tus responsabilidades resulta contradictorio. Creo que él tiene razón y, sin embargo, entiendo a la madre, que no relaciona los estudios con los gastos: para ella son dos criterios justos ante dos problemas diferentes. En el famoso cuadro de Rembrandt sobre el tema del hijo pródigo, el padre –que aparece abrazando al hijo– tiene una mano femenina y otra masculina, como si ambas cosas fueran imprescindibles. Creo que tiene su lógica el reparto de roles. Ni existen las «superwomen» ni el padre es una figura baladí. La mamá, que está diseñada para llevar al crío en el útero, tiende a protegerlo. El papá, que lo recibe y acompaña «fuera» del cuerpo de la madre, sabe «cortar» el cordón umbilical y «lanzar» al hijo al mundo. Le cuesta menos exponer a sus hijos al riesgo. Echo de menos a los padres que ponen límites y relevan a la mujer de parte de la ardua tarea de educar. Buena parte del fenómeno «nini» o de la violencia machista infanto-juvenil se explica por la ausencia del padre. En el día de la madre pido la vuelta a la educación compartida. Ah, y gracias, Ingeborg Schlichting: felicidades, mamá.